La vuelta de Tici Viracocha

Toda la historia inca –como la propia de los aztecas- está sobredeterminada por distintos augurios y profecías. La vuelta de Tici Viracocha es una de ellas. Después de un gran desarrollo territorial y cultural,  sobrevinieron los sucesos que aquí se cuentan.

 

Por Elio Noé Salcedo*

El Imperio Incaico había experimentado un proceso de acumulación de territorios desde la conquista del Cuzco, después de imponerse a chancas, collas, lupacas, huancas, chimus y chinchas y extender sus dominios hacia el Norte (Ecuador) o Chinchasuyu; hacia el Sur (Altiplano, Norte argentino, Cuyo y Chile) o Collasuyu, que, junto al Continsuyu (al Oeste) y Antisuyu (al Este), conformaban el Tahuantinsuyu o territorio total del Imperio Inca.

Desde tiempos inmemoriales, aquí, como en el otro lado del mundo, los territorios ya ocupados por otras tribus o pueblos se habían ganado después de un proceso de conquista. Los demás eran territorios de nadie. Y en la grande extensión de lo que sería América (a partir de 1507 se concebiría recién con ese nombre), eran más los territorios deshabitados que los conquistados.

Viracocha

Tici Viracocha

Tan desconocido era el territorio no habitado por los incas, que nominaban a sus confines -el Maule (Chile) y Quito (Ecuador)-, “las fronteras con la nada”. Llegar hasta las fronteras con la nada era el mandato divino que cada Topa Inca (Emperador inca) había recibido de Tici Viracocha** y que transmitía a su descendiente en el trono. De esa creencia y convicción en el mandato divino devenía el poder y seguridad de los Incas para gobernar, conquistar y dominar la tierra que pisaban.

Los dioses te acompañarán porque serás uno de ellos -le habría dicho Topa Inca Yupanqui a su hijo Huayna Cápac al transmitirle el mando-. Muchas veces me he preguntado hasta dónde debemos extender nuestra presencia para cumplir ese mandato y los dioses me han dicho que es menester llegar hasta donde empieza la nada” (1).

El mundo incaico se basaba en el poder del Inca, depositado en él por Viracocha para ejecutar sus designios en aquel mundo teocrático y jerárquico. La alta y sagrada misión del Emperador era organizar el mundo y lograr el equilibrio de ese todo indiferenciado de divinidad, naturaleza y humanidad existente. De más está decir que su voluntad era sagrada e incontestable.

La opinión de los hombres no puede ser mayor que la de los dioses. Ese es el orden divino, que debe ser también el orden humano. Pero no olvides nunca que el orden divino está hecho para alegría de los hombres”. Este habría sido, en su lecho de muerte, el mandato del Inca a su heredero (2).

En esa misma transferencia de poderes divinos y humanos, el Topa Inca le diría a su hijo: “En el mar no hay nada, es un espacio que no debes temer, porque por allí se fue Ticci Viracocha una vez terminados sus trabajos, y solo hombres en pequeños grupos, pacíficos mercaderes, vendrán de las grandes aguas que se extienden hasta donde no alcanza la vista” (3). Era la profecía que anunciaba la llegada de los españoles y que Atahualpa, fiel al mandato divino, malinterpretaría, permitiendo el avance de los españoles y finalmente su apresamiento y sacrificio. Como su abuelo Pachacuchi –depositario de una manera particular de ver el mundo-, Atahualpa creía en estas circunstancias que el poder divino que ostentaba sería más duradero que el de la fuerza.

Del mismo modo, Topa Inca le habría señalado a su descendiente los peligros internos y cómo combatirlos, que finalmente llevarían a debilitar las fuerzas del imperio en el momento crucial de su existencia: “No transijas con los que duden de tu mando, aunque sean tus hermanos, porque eso sería violar la voluntad de los dioses que te han elegido” (4). La guerra interna por el trono entre Atahualpa (hijo dilecto de Huayna Cápac) y Huascar, su hermano, terminarían dividiendo y debilitando a los incas en su hora más grave.

Esas habían sido las dos debilidades del Imperio: “la enorme extensión y diversidad de dominios y las intrigas de las familias reales del Cusco, las panacas, las líneas dinásticas de los Incas precedentes que seguían vivos en sus momias y en los poderes de los descendientes” (5), cuyas vidas dispendiosas y conflictos frecuentes entre ellos eran un motivo de inquietud para la máxima autoridad del Imperio.

Así como de esa inseguridad había resultado la matanza que Huayna Cápac ordenó de algunas concubinas y su hijos después que el Topa Inca descubriera la conspiración de algunos príncipes, al morir Huayna Cápac, Huáscar, que gobernaba en el Cuzco, apresó y ejecutó a los enviados de Atahualpa -hijo preferido de Hyana Cápac-, que gobernaba en Quito. Así quedó abierta la lucha fratricida y “por todo el Tahuantinsuyu se extendieron los combates y las sangrientas represiones… en una mezcla de acciones bélicas y venganzas religiosas” (6).

Región del Tahuantinsuyu

Región del Tahuantinsuyu

Ya en plena lucha entre hermanos, después de un incidente en que Atahualpa fuera apresado y pudiera liberarse casi milagrosamente, creció su fama y su poder, hasta que finalmente Huáscar fue hecho prisionero. Las huestes de Atahualpa entraron en el Cuzco, sometieron la capital y apresaron a todos los parientes y aliados de Huáscar, ejecutándolos.

Aunque te canses y te desanimes por algunos fracasos aparentes -le habría dicho el Topa Inca a su hijo Huayna Cápac, que éste transmitiría a su hijo Atahualpa-, recuerda que estás cumpliendo con un mandato divino y que por eso no estarás nunca solo” (7).

Su liberación casi milagrosa de la cárcel, el aprisionamiento de su hermano y la victoria ante él aun contando con fuerzas minoritarias, convencieron a Atahualpa de su destino divino y de su inmunidad frente a cualquier adversidad.

Esa creencia en la inmutabilidad del poder incaico llevaría a Atahualpa a confiar en su poder sagrado y dejar hacer a los españoles que, siendo apenas un puñado de hombres, se alzarían con la victoria frente al poderoso emperador y su imperio.

El 16 de noviembre de 1532, “después de las embajadas y los mensajes y de haber hecho esperar a los aterrados españoles todo el día, el Inca Atahuallpa decidió hacer su entrada triunfal y restellante de gloria en la plaza de Cajamarca, dispuesto a imponer su grandeza y someter a los ciento setenta y ocho extraños bajo su aura divina y el poder de su ejército de cuarenta mil hombres que rodeaba el sitio” (8).

Encerrados entre los muros de la plaza ceremonial que el Inca les había dado por residencia, los españoles estaban a su merced, pero ante la imposibilidad de retroceder o esperar pasivos su destino, arremetieron contra la comitiva imperial que había ingresado a la plaza: “las andanadas de los arcabuses, el desborde de los caballos espoleados, el ruido de los cascabeles de los pretales, las clarinadas, el humo de las descargas, los gritos y los fulminantes golpes de las espadas toledanas revolvieron la plaza atestada de indios como si el mundo se hubiera dado vuelta” (9).

El apresamiento de Atahualpa en ese desconcierto y su ejecución poco tiempo después cambió de repente el destino de aquel mundo aparentemente inmutable y eterno de los Incas, y ya nada podría volver la historia atrás.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

** Nombre del dios principal de los Incas. Según una de las líneas de la mitología incaica, Viracocha era un dios “blanco” que vino del mar empujado por los vientos; de ahí las dos varas que empuña en sus manos (como dos remos). Después de volver al mar, se temía que algún día regresaría para vengarse de los que no le habían sido fieles. Es venerado con diversos nombres y representado de variadas formas desde el periodo Arcaico Tardío. Aparece en la Portada del Sol de Tiahuanaco, en la Estela Raimondi de los Chavín, en los tejidos de Karwa de Paracas, en las urnas ceremoniales de Wari y en el Templo de Koricancha de los Incas.

Las citas pertenecen al libro de Daniel Larriqueta: “Atahuallpa, Memoria de un dios” (novela histórica), paginas 22, 12, 37, 44 y 50 respectivamente.


Imagen de portada: Viracoha (Fuente: https://traveltoeat.com)