“Las nuevas utopías”

La obra de Silvina Martínez, en que “la memoria autobiográfica se rebasa y deviene memoria del arte, que es la memoria de la vida”, y este texto se enmarcan dentro de las actividades del Proyecto “Arte y Tecnología. Poesía Transmedial”, cuya unidad de asiento es el Instituto de Expresión Visual de la FFHA.

Es indisimulable la oleada de aire pop con que nos recibe Habitar el vacío, conjurar el yermo, la obra de Silvina Martínez que se expone hasta el 25 de julio en el Museo Franklin Rawson, en el marco de la muestra [Infinita] Visión II. La obra consiste en una serie de cajas con marcos de madera, dentro de las cuales hay atesorados variadísimos objetos. Sin perder las respectivas marcas de diferentes espacios existenciales, lugares, épocas y estilos que cada uno porta, colocados juntos los objetos pasan a formar parte de un todo abierto y vibrante. Instantes de magia, poéticas, cada caja abraza los objetos según una configuración enigmática que juega, sobre todo, con la intertextualidad. Cualquiera se siente inmediatamente dentro de cada uno de los infinitos escenarios que pueblan este universo caleidoscópico de Silvina Martínez.
Pero luego –hay que darle el tiempo que demanda la obra, rincón por rincón-, algo pasa que altera esta primera impresión. Una serie de guiños conspiran para trastocar este “sentido común pop” que tan bien oficiaba de sostén interpretativo hasta el momento.
Al costado de las piezas con marco, hay pegado a la pared un texto de presumible autoría de la artista. Siguiendo las indicaciones que éste ofrece, nos remitimos a cada una de las partes que conforman la “instalación”, a sabiendas de que se trata de una obra fuertemente cargada de contenido autobiográfico. El texto nos indica asimismo que estamos frente a “pequeños collages o assemblages”. Como lo describió William Seitz (1962), el “assemblage” es el arte de realizar manufacturas a partir de materiales naturales residuales, objetos o fragmentos encontrados, inicialmente no concebidos con fines artísticos o estéticos. Hasta ahí la artista hace gala de su adherencia ideológica, de su clara e incorruptible vocación, de su expresa filiación al colectivo que hizo del arte un modo de vida, el modo de resistencia frente al monstruo capitalista. La trayectoria artística de Silvina, su vida, dan cuenta sobradamente de todo esto…
Obra de Silvina Martínez, en la muestra colectiva Infinita VisiónPero volvamos a nuestra pesquisa. En uno de los ensamblajes –en su traducción al español-, un pedazo de revista con la viva imagen de los “jugadores de cartas” ostenta la esquina derecha superior, mientras unas cartas de póker roídas en los bordes por el fuego parecen salirse de escena. A la izquierda, pedazos atiborrados de goma, de tela, desacralizan el espíritu de belle epoque que pretendía dominar la escena. Hay ironía de sobra. En otro, a la derecha, un fragmento de una obra de Picabia y a la izquierda una pandereta y una pluma. (¡Una pluma rescatada de las cenizas!). Debajo del fragmento que rescata un instante del movimiento en ronda de “La danza de la vida” que ocupa el borde superior izquierdo, en otro de los ensamblajes, hay unas cajas metálicas, herrumbradas. Una de ellas guarda crayones, que están ahí, desafiando la inercia, evocando la paleta de Matisse. Hay sobrada intertextualidad, como se nos anticipa desde el principio. Diríamos, citando el texto de la pared, hay “transtextualidad”, “transfusión” de significados, que a esta altura de nuestro recorrido no basta comprender sólo en el contexto de los géneros artísticos de los sesenta.
Porque los objetos que pueblan estos escenarios no son meros objetos recogidos, encontrados. “Desechos del incendio, celosamente guardados durante años”, esta condición desplaza y compromete los ensamblajes en una experiencia que excede la crítica a la sociedad industrial. Sobrevivientes, testigos de las muchas capas del tiempo, instalados allí donde el fuego no logra arrasar con la memoria, cada uno de estos dispositivos cristaliza una lucha sostenida, una danza peligrosa e infinita, entre la artista y su obra. Y la memoria autobiográfica se rebasa y deviene memoria del arte, que es la memoria de la vida, de nuestra historia.
Una calma reflexiva se ofrece con las telas tendidas en el suelo, como garantía de la voluntad de arte, que ya no necesita ni marcos, ni cita… Sólo estar ahí y una mano amiga. Entonces, todas y cada una de las catástrofes son conjuradas. El arte sobrevive.

 

Cristina Pósleman

Escribe:
Dra. Cristina Pósleman
Instituto de Expresión Visual
Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes – UNSJ