“El modo de ser de un pueblo”

El modo de ser de un pueblo también forma parte de su identidad. Este artículo analiza el anatema de Sarmiento que el escritor desarrolla en “Civilización i Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga” (Facundo).

 

Por Elio Noé Salcedo*

Si el nombre de un pueblo –de una Nación- representa su identidad y caracteres, a la vez que lo distingue y/o diferencia de otros, el “modo de ser de un pueblo” –aunque se lo niegue o se reniegue de ello- resulta una prueba palpable de su identidad.

En el libro que funda nuestra literatura –Facundo– junto al Martín Fierro, desde una visión opuesta a la de José Hernández, Domingo Faustino Sarmiento deja planteado su enfoque sobre esta cuestión: “La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis, en arte, en sistema y en política regular, capaz de presentarse en la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo” (1).

En la visión iluminista del escritor sanjuanino (2), el pueblo latinoamericano “se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuelas para sacarla de su paso habitual” (3), porque “la vida del campo ha desenvuelto en el gaucho las facultades físicas sin ninguna de las de la inteligencia” (4).

Así, pues, “todo lo que de bárbaros tenemos, todo lo que nos separa de la Europa culta, se mostró desde entonces en la República Argentina organizado en sistema i dispuesto a   formar de nosotros una entidad aparte de los pueblos de procedencia europea” (5). Es más, “lo que ahora interesa conocer, es que los progresos de la civilización se acumulan en Buenos Aires solo: la pampa es un malísimo conductor para llevarla y distribuirla en las provincias, ya veremos de lo que aquí resulta” (6).

Ignoro –redondea el escritor- si el mundo moderno presenta un género de asociación como éste tan monstruoso… Así pues, la civilización es del todo irrealizable, la barbarie es normal” (7).

Según la conocida apología civilizatoria de Sarmiento, mucho debió “haber ayudado a producir ese resultado desgraciado la incorporación de indígenas que hizo la colonización” (8), en tanto la inmigración europea, en el último cuarto del siglo XIX, ayudó a “ahogar en los pliegues de la industria a la chusma inepta, incivil, ruda, que nos sale al paso a cada instante” (9).

Lo curioso es que, a un siglo y medio de la incorporación de europeos a nuestro territorio, sin haber solucionado definitivamente ninguno de los problemas de fondo que teníamos ya en el siglo XIX, ése siga siendo el mismo latiguillo de la cultura oligárquica para denigrar y seguir subyugando al pueblo argentino y latinoamericano, amalgama de pueblos originarios, de origen ibérico, africanos, criollos e inmigrantes europeos. Ello demuestra que no es “el modo de ser de un pueblo” la causa de nuestros males sino, en todo caso, la tozudez oligárquica, elitista y colonial, de intentar convertirnos en lo que no somos y, en definitiva, impedirnos ser nosotros mismos para encarar desde una perspectiva propia la solución de nuestros grandes problemas nacionales.

¿Quiénes somos, cuál es nuestra esencia y nuestro “modo de ser”?

Como demostrara implícitamente en el Facundo el propio Sarmiento, el pueblo latinoamericano tiene una misma identidad y como tal siente y actúa. Intentemos plantear entonces la cuestión en términos apropiados y, por tanto, desde una perspectiva latinoamericana, rehuyendo prejuicios, racionalizaciones o abstracciones (mentiras y falsedades también) a los que nos tiene acostumbrado el “modo de ser” de las clases coloniales y colonizadas en la Argentina.

Hacia fines del siglo XIX, ya el chileno Andrés Bello sitúa la cuestión en términos precisos, desde una mirada propia, con los pies en la tierra que pisa: “No olvidemos –escribe Bello- que el hombre chileno de la independencia (y lo podríamos extender a todos los hombres y mujeres de la independencia nuestra americana), el hombre que sirve de asunto a nuestra historia y nuestra filosofía peculiar, no es el hombre francés, ni el anglo-sajón, ni el normando, ni el godo, ni el árabe. Tiene sus espíritu propio, sus facciones propias, sus instintos peculiares” (10). A esa altura, y desde mucho antes, según la conocida definición de Simón Bolívar, ya no éramos “ni indios ni europeos” sino americanos, después de un largo proceso de mestización genética, cultural y lingüística (11): hijos de dos mundos y nativos de un mundo nuevo.

Un precursor del pensamiento nacional y del revisionismo histórico latinoamericano en muchos aspectos -el “segundo” Alberdi-, lo entendía de esta manera: “No hay una filosofía universal, porque no hay una solución universal de las cuestiones que la constituyen en el fondo –razón para no tener que imitar a nadie o adoptar el modo de ser de “otros”-. Cada país, cada época, cada filósofo ha tenido su filosofía peculiar, que ha cundido más o menos, que ha durado más o menos, porque cada país, cada época y cada escuela han dado soluciones distintas de los problemas del espíritu humano” (12).

El mismo Alberdi le respondía a Sarmiento con argumentos certeros: “Solo el que ve toda la civilización en el frac, en la silla inglesa, en los sombreros redondos puede tomar por bárbara la vida consumida para producir la riqueza rural que hace la grandeza y opulencia del país” (13). Por su parte, “las simpatías de que Buenos Aires disfruta en Europa (simpatía que “lleva consigo esta idea fecunda de la fraternidad de intereses con Francia e Inglaterra”), no las debe a la civilización ciertamente. Las debe a la razón muy nítida de que todos los intereses europeos que hoy arraigan en el Plata se hallan vinculados a Buenos Aires” (14).

En definitiva, concluía el tucumano, descubriendo la clave de la “barbarie” provinciana, “la superioridad, el ascendiente de Buenos Aires no está la civilización sino en la simple posesión material de 6 millones de pesos anuales pertenecientes a todos los argentinos y que no obstante solo se gozan por la provincia de Buenos Aires” (15). Podríamos trasladar esa explicación al conflicto que sostienen hoy los que detentan el poder real (de afuera y de adentro) con las clases populares de toda nuestra América.

Llegados a este punto, tal vez sea necesario volver al pensamiento nacional latinoamericano, para comprender lo que en realidad ocurría, más allá de las intenciones coloniales de España o de lo que a nosotros nos hubiera gustado que ocurriera, distinto de lo que ocurrió, ya que en la historia no existe aquello que no pasó (ucronía), y el tiempo tampoco puede volver atrás, aunque quisiéramos. Debemos comprender, como bien dijera José Vasconcelos, que “en la Historia no hay retornos, porque toda ella es transformación y novedad. Ninguna raza vuelve; cada una plantea su misión, la cumple y se va” (16). Y la raza latinoamericana tiene todavía una misión que cumplir, porque en ello se juega no solo nuestra supervivencia sino la del Continente y el mundo todo.

A partir de esa imparable, irreversible e irrenunciable fusión genética, cultural y lingüística entre los que se quedaron -ya quemada las naves- y los que vivían en los territorios conquistados, en el decir de Arturo Uslar Pietri, “lo que vino a realizarse en América no fue ni la permanencia del mundo indígena, ni la prolongación de Europa. Lo que ocurrió fue otra cosa y por eso fue Nuevo Mundodesde aquel “nuevo” nacimiento (17) y nueva civilización, “fruto de las anteriores y superación de todo lo pasado” (Vasconcelos).

Si “hay naciones poderosas y naciones débiles” (18), razón por lo cual “unos pueblos viven en mayúscula y otros mueren en minúscula” (19), como dijera Manuel Ugarte, entonces, la afirmación y reafirmación de nuestro “modo de ser” y de nuestra raza, civilización e identidad  latinoamericana –superior en el Todo más que en cada una de sus partes- es lo que nos fortalece y nos potencia en el presente y nos proyecta hacia el futuro. Por el contrario, si se subvalora o se desconoce lo que somos, se niega o “se desprecia las fuentes matrices (y nutricias) de nuestra macro nacionalidad” (20).

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

(1) Sarmiento, D. F. (1940). Facundo. Introducción. Buenos Aires: Editorial Estrada, pág. 3.

(2) El iluminismo sostiene una visión abstracta y racional del hombre, que ignora sus peculiaridades nacionales,  las niega o reniega de ellas, Dicha ideología de la burguesía europea naciente, si bien fue un movimiento de reacción al absolutismo europeo, que tenía como característica las estructuras feudales, no obstante lleva en su seno la concepción elitista y distante de los sectores populares que caracteriza la nueva clase dominante.

(3) Sarmiento, Ob. Cit., pág. 39; (4) Ídem; (5) Ídem, pág. 251; (6) Ídem, pág. 26; (7) Ídem, pág. 51; (8) Ídem, pág. 39; (9) Ídem.

(10) Bello, A. (1976). Antología del discurso y escritos. Madrid: Editora Nacional, pág. 199 (Citado por C. Maiz, 2010, Imperialismo y Cultura de la Resistencia, pág. 220).

(11) Bolívar, S. (2012). Nuestra patria es América. Discursos y documentos de Simón Bolívar. Buenos Aires: Editorial Punto de Encuentro, pág. 53 y 93.

(12) Alberdi, J. B. (1980). Pensamiento positivista latinoamericano. Caracas: Biblioteca Ayacucho, pág. 61-67 (citado por C. Maiz, 2010, Imperialismo y Cultura de la resistencia, pág. 220).

(13) Alberdi, J. B. (1897). Escritos Póstumos. (Facundo y su biógrafo), pág. 361; (14) Ídem; (15) Ídem.

(16) José Vasconcelos (1925). La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana.

(17) Uslar Pietri, A. (2007).  El mestizaje y el Nuevo Mundo. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel Cervantes.

(18) Hernández Arregui, J. J. (2002). ¿Qué es el ser nacional? Buenos Aires: Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, pág. 28.

(19) Manuel Ugarte, citado por Hernández Arregui, Ob. Cit., pág. 28.

(20) Godoy Perrín, P. (2009). Bicentenario e Identidad. Chile.


Fuente de la imagen: Arriero o campesino montado a caballo, dibujo. Autor: Rugendas, Mauricio (1802-1858); cColección: Sala Medina / Fotografías. Fuente:
http://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/632/w3-article-314302.html