Latinoamérica, el nombre que nos identifica

Al recordar en agosto al gran San Martín, es oportuno recordar con él su lucha junto a Simón Bolívar por una Patria Grande. A esa patria hoy se la conoce y se la reconoce como América Latina o Latinoamérica, cuyo nombre rescata y analiza hoy el autor en este artículo.

 

Por Elio Noé Salcedo*

Tenemos una necesidad innata por denominar –ponerle nombre- a todo lo que nos rodea. Además, el nombre nos identifica (nos da debida conciencia de nosotros mismos) y a la vez nos distingue y/o diferencia de los demás.

En efecto, el nombre define quiénes somos y cómo nos damos a conocer: a través del nombre somos conocidos y reconocidos. Es una dimensión esencial que proyecta nuestra personalidad y que nos da existencia real y simbólica, a la par que nos permite intercomunicarnos dentro de nuestra comunidad y fuera de ella.

El nombre significa y evoca. Por el nombre nos recuerdan. El nombre describe y enuncia en forma sintética los atributos de una institución, pueblo o nación (origen, naturaleza, pertenencia, historia, carácter, temperamento, cultura, lengua, etc.). Llevar un nombre con orgullo es un signo de autoestima y de expresión de una personalidad realizada o en proceso de realización.

América fue bautizada con ese nombre en 1507. No obstante, la existencia de dos Américas –América del Norte o anglosajona, por un lado, y la Nuestra, por el otro- hizo necesario identificarla con un nombre propio, cuyos términos han variado desde entonces hasta no hace mucho. El tiempo que ha llevado rebautizarla nos habla de un proceso que ilustra nuestra lucha a nivel ideológico y cultural por una identidad o conciencia de nosotros mismos.

Han sido muchos los nombres con los que se ha pretendido llamar o bautizar a Nuestra América: Hispanoamérica, Iberoamérica, Indoamérica (Sandino), Eurindia, Amerindia, además de otros, de existencia bicentenaria: Colombia (“hemisferio de Colón”), como la llamara Simón Bolívar, quien bautizó Gran Colombiaa a la unión de las repúblicas de Colombia (que por entonces incluía a Panamá), Venezuela y Ecuador. Sin embargo, América latina o Latinoamérica es el nombre que se ha impuesto colectivamente y que hoy representa e identifica a los miembros y territorio de la hoy reconocida Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), que tiene un origen, una historia y una lengua mayoritaria común.

 

Particularidades y potencia del nombre que nos identifica

El término latino proviene del vocablo latinus, que se refiere a aquello que es natural de los pueblos que hablan lenguas derivadas del latín y que evolucionaron a partir del latín vulgar –lato-, entendido en su sentido etimológico de “habla cotidiana del vulgo” (Wikipedia). Justamente es del latín -lengua madre- de donde provienen o se originan las lenguas romances, llamadas también románica, latina o neolatina.

De las lenguas romances, el castellano o “español americano”, como la llamaba el filólogo español Amado Alonso (x), es la lengua que, con raíces latinas, une e identifica a la mayor cantidad de países latinoamericanos (2), sin desconocer y dejar de valorar por ello la incorporación de miles de vocablos indígenas que conforman la originalidad idiomática del castellano latinoamericanizado, aparte de la existencia de las principales lenguas indígenas, como quechua, guaraní, aimara, náhuatl, maya y mapudungun, que constituyen actualmente las bases de una cultura bilingüe en distintas regiones de nuestra propia, grande y misma patria común.

Ciertamente, América latina o Latinoamérica es el nombre que (ya desde el siglo XIX) incluye y abarca a todos los países del continente con México, centro y sur americano -Caribe incluido-, que hablan lenguas romances –como castellano, portugués y francés-, que se impusieron en Europa con la expansión del Imperio Romano, al mismo tiempo que desaparecían otras lenguas pre romanas. En ese sentido, ese es el nombre que nos universaliza a la vez que nos identifica plenamente y nos une e iguala, como hemos dicho.

En su conjunto, el nombre de América latina o Latinoamérica revela un origen, un lugar o territorio (un área de influencia) y una lengua principal común, que a su vez nos reúne en una historia, una tradición y un sentimiento e ideología común (que hemos definido como “latinoamericanismo”), como así también costumbres, una psicología o “modo de ser de un pueblo”, un presente y un destino también común, que en conjunto conforman una cultura superior, síntesis y superación de todo lo anterior, como dejara escritoo José Vasconcelos en “La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana” (1925).

Ahora bien, si hacemos foco en nuestro ya definido nombre, el segundo término –“latina”- es un adjetivo. Sin embargo, tal adjetivo ha sido definitivamente sustantivado. Por eso, no somos ya América latina sino América Latina o Latinoamérica.

Dicho nombre no solo ha vencido toda clase de objeciones y ha sido reafirmado y confirmado por el tiempo, la costumbre y la necesidad de identificarnos y potenciarnos como algo único y a la vez distinto a los demás, sino que también ha sido acreditado y reconocido expresamente en los títulos que dan nombre a lo mejor de la literatura política latinoamericana.

Si nos atenemos al siglo XX y XXI, en ella están comprendidas las siguientes obras y autores que merecen ser recomendados: A América Latina: males de origem (1905), del brasileño Manuel Bomfim; El porvenir de América latina (1910), del argentino Manuel Ugarte; América latina, un país (1949) e Historia de la Nación Latinoamericana (1968), del argentino Jorge Abelardo Ramos; Nacionalismo latinoamericano (1969), del chileno Felipe Herrera; Las venas abiertas de América Latina (1971), del uruguayo Eduardo Galeano; Historia de América Latina (1978), del uruguayo Carlos Rama; Historia económica de América Latina (1979), del costarricense Héctor Pérez Brignoli y el brasileño Ciro Santana Cardozo; Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano (1981), El pensamiento latinoamericano y su aventura (1994), Caminos de la filosofía latinoamericana (2001), La literatura en el proceso de integración latinoamericana (2011), del argentino Arturo Roig; Gestación de Latinoamérica (1984), del chileno Enrique Zorrilla; Felipe Varela y la lucha por la unión latinoamericana (2010) y Manuel Ugarte y la unidad latinoamericana (2012), del argentino Norberto Galasso; Enajenación y Nacionalización del Socialismo Latinoamericano (2010), Apuntes latinoamericanos (2014), De Murillo al rapto de Panamá. Las luchas por la unidad y la independencia de Latinoamérica (2014), Acerca de la Cuestión Nacional y Latinoamericana (2017), del argentino Roberto Ferrero.

No obstante, sin tener puntualmente en su portada el nombre que nos identifica, hay otras publicaciones y autores profundamente latinoamericanos, que merecen estar en cualquier antología del pensamiento latinoamericano-céntrico, tales como: Nuestra América, del cubano José Martí; Ariel, del uruguayo Enrique Rodó; La americanización del mundo, del venezolano Rufino Blanco Fombona, El continente enfermo, de César Zumeta, también venezolano, y Nuevo Mundo, mundo nuevo, de Arturo Uslar Pietri, otro gran venezolano; Alma americana, del peruano José Santos Chocano; La ilusión americana, del brasileño Eduardo Prado; Seis ensayos en busca de nuestra expresión, del dominicano Pedro Henríquez Ureña. Eso solo por mencionar algunos otros títulos y autores que nos representan en nuestra identidad y esencia común.

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.