La lengua que define nuestra identidad común

El castellano es la lengua común que identifica a los latinoamericanos y que nos hermana e iguala también con los pueblos bilingües de nuestro Continente, como el pueblo paraguayo y el boliviano, que hablan guaraní, y  aymara y quichua respectivamente, además de castellano. En la semana del Periodista, el homenaje del autor a la lengua que hablamos y escribimos.

Por Elio Noé Salcedo

La lengua que define nuestra identidad común latinoamericana es el castellano, no el  español. Por eso, no acordamos del todo con aquella idea de que nuestro idioma mayoritario y común es el de nuestros opresores de antaño o, en su defecto, “el de los gobiernos y del poder” (1).

Aunque de algún modo se considera que el idioma español y castellano es “el mismo en el fondo” (Alberdi), no solo la mestización genética ha producido una nueva raza (Vasconcelos) sino que, esa mestización y la mestización cultural, han producido –al mismo nivel que ellas- una nueva lengua: el castellano definitivamente latinoamericanizado desde hace quinientos años a esta parte (2).

Consecuente con esa condición de nuestra lengua, el gran escritor cubano Juan Marinello creía en la definitiva independencia e identidad idiomática, que nos vendría de “labrar con manos propias los fierros de la prisión, no de caer en prisión más estrecha y oscura, transformando la entraña idiomática con golpe americano” (3).

El castellano, sostiene el historiador Roberto Ferrero, dados los modos y relaciones de producción y comercialización impuestos por los españoles, “penetrando las viejas formaciones de los pueblos originarios durante siglos, persuadieron a sus integrantes de aprender el castellano para poder integrarse a la sociedad global (de su tiempo) y no quedar encapsulados (aislados y marginados) en esos “ghettos” aborígenes” (4), que algunos reivindican como tales, como si esa fuera la solución para terminar con su aislamiento y marginación y no todo lo contrario.

Es necesario reparar en que la reproducción de las condiciones que aíslan y marginan a los antiguos pueblos indígenas, aparte de fomentar la fragmentación étnica, política y cultural de América Latina, divide, debilita y nos hace a todos –originarios de antes y originarios de ahora- fácil presa de los nuevos opresores.

Siendo el castellano la lengua mayoritaria en Nuestra América, mal puede hablarse de una lengua opresora (“hegemónica”), si por eso se entiende aquella que implica la subordinación de una mayoría a la minoría dominante (No es este el caso). De hecho, a los ingleses opresores de la India (absoluta minoría), nunca les interesó que los nativos hablaran su lengua. Para oprimirlos, no necesitaban la lengua: les bastaba con oprimirlos política, militar, económica y socialmente.

Por el contrario, a comienzos del siglo XIX, el idioma castellano común –entre otros factores importantes- fue el que nos permitió entendernos y finalmente juntar fuerzas entre todos los pueblos hablantes del mismo idioma –criollos e indígenas- para liberarnos políticamente de los españoles. Tal vez, el mismo hecho de la fragmentación, aislamiento y lejanía de las parcialidades étnicas, idiomáticas y culturales nativas a la llegada de los españoles, facilitó y coadyuvó a su conquista, en un inmenso territorio que hacía a esas parcialidades extrañas y a veces enemigas unas de otras.

Es la pertenencia a esa lengua común –que incluye a los pueblos bilingües de nuestra América- la que nos hermana y nos iguala, y que a la vez “conjuga una serie de tipismos muy vitales con una potencialidad virtual cuyos alcances deben ser todavía revelados”, como señala en sus Reflexiones Enrique Lacolla (5).

No reconocer que nuestra lengua mayoritaria común,como así también nuestra cultura mestiza, es el fruto además de la evolución de nuestra cultura (no en el sentido positivista del término sino más bien dialéctico…), nos pondría en el mismo lugar de los que no aceptan todavía –de allí su problema de identidad también- que, si bien hasta fines del siglo XIX nuestra identidad esencial era solamente la “indo-hispano-criolla”, “dejó de serlo con la inmigración masiva venida de ultramar” (sobre todo en la zona rioplatense, y no tanto en las demás regiones donde se conservaba más puro el legado indo-hispano-criollo) (6). Ello sumó e integró al hijo del inmigrante y al nativo en una síntesis superior de cultura e identidad, más allá de la violencia inicial exterior o interior de ambos fenómenos: el de la mestización indo-ibérica y el de la mestización criollo-europea, sin dejar de reconocer esas múltiples herencias en la conformación de lo que nos identifica como miembros de una unidad histórica, cultural y lingüística superior: Latinoamérica.

Parafraseando a Héctor P. Agosti, podríamos aseverar que nuestra herencia nacional –en cuanto a historia, cultura y lengua común- ya no es únicamente la primigenia cultura indígena ni la vieja tradición hispano-criolla. Es también todo lo que incorporó la inmigración europea (7). En ese sentido, no solo somos argentinos por nuestra conformación particular en los últimos 150 años (1870, aproximadamente, en adelante) sino que somos a su vez latinoamericanos por nuestra conformación histórica y cultural en los últimos 500 años.

Ello demuestra que la cultura -en casi todos los casos- es penetrada por otras culturas, y de su encuentro, choque y fusión surge una nueva síntesis cultural. Esa síntesis, “capaz de subsumir las contradicciones y orientarlas hacia una síntesis efectiva” (8), es la que nos expresa y que informa nuestro crecimiento, maduración, personalidad e identidad a través del tiempo, sin que ello signifique que dejemos de ser nosotros mismos (identidad) solamente porque hemos sido enriquecidos por otras culturas o somos el fruto de varias culturas: sin ser una u otra, conformamos colectivamente, desde nuestro nacimiento como tal, una cultura diferente y original.

Después de todo, “la identidad se obtiene solo a través de la madurez” (9), que es lo mismo que decir, que –en la vida o en la historia (si no son lo mismo)- el tiempo nos permite crecer sin dejar de ser, confirmando lo que somos en su totalidad, integridad y devenir.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

(1) Ferrero, R. A. (2019). Habla Popular y Lenguaje Soez. Córdoba: Alción Editora, pág. 9.

(2) Recordemos que el castellano -sin perder sus raíces latinas-, antes de latinoamericanizarse, era un producto de la mestización racial y cultural de íberos, romanos, godos y árabes.

(3) Ferrero, Ob. Cit., pág. 8.

(4) Ídem, pág. 9.

(5) Lacolla, E. (1998). Reflexiones sobre la Identidad Nacional. Córdoba: Ediciones de “Córdoba en América Latina”, pág. 50.

(6) Ferrero, Ob. Cit., pág. 46.

(7) Agosti, H. P. (1982). Nación y Cultura. Buenos Aires: CEAL, pág. 133.

(8) Lacolla, Ob. Cit., pág. 24.

(9) Ídem, pág. 44.