Las lecturas de Sarmiento

Sarmiento fue prácticamente autodidacta, en una época de escaso desarrollo de la literatura y del pensamiento nacional. Este ensayo recorre la formación –las lecturas- del intelectual sanjuanino, arquetipo de la cultura argentina, en un mundo dominado por la hegemonía europea en lo político, económico y cultural.

 Por Elio Noé Salcedo*

Cuando he escrito sobre educación –sostiene Domingo Faustino Sarmiento en “Mi Defensa”- he manifestado mi firme creencia de que la perfección y los estímulos en la lectura pueden influir poderosamente en la civilización del pueblo” (1). Como manifiesta el escritor, “mi padres y los maestros me estimulaban desde muy pequeño a leer, en lo que adquirí cierta celebridad por entonces y para después una decidida afición a la lectura, a la que debo la dirección que más tarde tomaron mis ideas” (2).

 

En “Recuerdos de Provincia”, en el capítulo sobre “Mi Educación”, Sarmiento nos reintroduce en el tema, a la vez que nos autoriza a revisarlo, “para cuyo examen mis apuntes biográficos sin valor por sí mismos, servirán de pretexto y de vínculo…”  (3). En ese marco, veamos qué nos cuenta el autor sobre sus lecturas y aprendizajes, y tendremos una idea más cercana del origen de su ideas, pues es el contenido de sus lecturas, en definitiva, el que orienta su pensamiento, como él mismo lo revela.

 

A muy corta edad –cuenta su propio biógrafo-, “pasé a la Escuela de la Patria a confundirme en la masa de los cuatrocientos niños de todas las edades y condiciones que acudían presurosos a recibir la única instrucción sólida que se ha dado entre nosotros en escuelas primarias” (4). Según el propio Sarmiento, allí había tenido la primera oportunidad de tener contacto con la literatura escolar, de la mano de un extranjero: “De edad de cinco años –refiere- entré a una escuela que, cuando he leído las obras de Mr. Cousin, he visto en ellas un dechado de perfección” (5).

 

Mi pobre padre –profundiza el escritor-, ignorante pero solícito de que sus hijos no lo fuesen, aguijoneaba en casa esta sed naciente de educación; me tomaba diariamente la lección de la escuela y me hacía leer sin piedad por mis cortos años la Historia crítica de España por Juan Masdeu, en cuatro volúmenes el Desiderio y Electo, y otros libretos abominables que no he vuelto a ver y que me han dejado en el espíritu ideas confusas de historia, alegorías, fábulas y países, como nombres propios” (6). Su padre, a la sazón su maestro, era “un buen hombre” que, según su hijo, no tenía “otra cosa notable en su vida que haber prestado algunos servicios en un empleo subalterno en la guerra de la Independencia” (7).

 

Aparte de la subestimación de su padre, para el pequeño intelectual, ya por entonces resultaba más importante Mr. Cousin que nuestra propia historia.

 

La búsqueda de un libro y un modelo

 

Al dejar la Escuela de la Patria tiene 13 años y ahora conseguirá trabajo en lo de su tía Ángela Salcedo. Es ya un jovencito que ha dejado de ser niño y se apresta a comenzar su adolescencia. Es el momento de encontrar un modelo a través del ejemplo de los mayores y/o de la lectura de un buen libro. Domingo nos introduce al tema de su elección:

Pueblos, historia, geografía, religión, moral política, todo ello estaba ya anotado como un índice: faltábame empero el libro que lo detallaba. Y yo estaba solo en el mundo, en medio de fardos de tocuyos y piezas de quimones, menudeando a los que se acercaban a comprarlos, vara a vara. Pero debe haber libros me decía yo –insiste Sarmiento-, que traten especialmente de estas cosas, que las enseñen a los niños; y entendiendo bien lo que se lee, pueda uno aprenderlas sin necesidad de maestros; y yo me lancé enseguida en busca de esos libros, y en aquella remota provincia (¿?), en aquella hora de tomada mi resolución, encontré lo que buscaba, tal como lo había concebido, preparado por patriotas (¿?) que querían bien a la América (¿?) y que desde Londres (¡!) habían presentado esta necesidad de la América del Sur, de educarse, respondiendo a mis clamores los catecismos de Ackerman (¡!) que había introducido en San Juan don Tomás Rojo. ¡Los he hallado!” (8), exclamará finalmente satisfecho y agradecido el joven Sarmiento.

 

Llama la atención al menos, que Domingo califique de “remota” a su provincia y llame “patriotas” a quienes desde Londres prepararan aquellos catecismos con nombre de un extranjero (Ackerman). Pero, ¿qué habían preparado “aquellos patriotas”?

 

Allí estaba la historia antigua, y aquella Persia, y aquel Egipto, y aquellas Pirámides, y aquel Nilo de que me hablaba el clérigo Oro. La historia de Grecia la estudié de memoria, y la de Roma enseguida, sintiéndome sucesivamente Leónidas y Bruto, o Arístides y Camilo, Harmodio y Epaminondas; y esto en tanto vendía yerba y azúcar, y ponía mala cara a los que me venían a sacar del mundo aquel que yo había descubierto para vivir en él” (9), y que lo apartaba cada vez más de su “remota” provincia, alejándolo subjetiva y objetivamente en la dirección que tomarían sus ideas y que más tarde plasmaría en “Mi Defensa” y en el “Facundo”, entre otros.

 

Lo cierto es que Domingo, con todo su talento a cuestas, se alejaba a la hora del mate a un mundo ajeno que no le ayudaba a comprender mejor a sus paisanos ni el verdadero drama de aquella nación inconclusa, que contradictoria y paradójicamente él imputaba de remota, pero que magistralmente describiría rugiendo bajo sus pies.

 

Otra lectura ocupóme más de un año: ¡la Biblia!, pero donde decía blanco, no obstante que yo leía negro” (10), se empecinaba Domingo. Pero se interesaba en obras de origen anglosajón y raíz protestante, tal como él mismo lo cuenta en “Recuerdos de Provincia”: “La teoría de Paley, Evidencias del Cristianismo, por el mismo autor, La verdadera idea de la Santa Sede, y Feijoo, que cayó por entonces en mis manos completaron aquella educación razonada y eminentemente religiosa, pero liberal –aclara-, que venía desde la cuna transmitiéndose desde mi madre al maestro de escuela, desde mi mentor Oro hasta el comentador de la Biblia Albarracín” (11). Como él lo admitirá, finalmente, aquellas lecturas, en realidad, contradecirían la experiencia y sabiduría recibida de sus padres y de sus primeros maestros.

 

En verdad, la educación que había recibido en su hogar y de sus maestros criollos -como Oro o Albarracín-, eran en cuanto a religión, católica, apostólica y romana, de tradición española, no anglosajona, y políticamente emparentada con el federalismo político del interior, que él se empecinaba en combatir a través de las ideas, en forma política e incluso por las armas en algún momento. En cambio, la educación que se había auto procurado, sin desconocer su valor por ser el fruto del esfuerzo y la perseverancia, era de raíz liberal y de origen anglosajona (también protestante en lo que a religión se refiere) principalmente, emparentada política e ideológicamente con el liberalismo unitario, librecambista y extranjerizante, o sea, la antítesis de lo que había aprendido en su cuna. De allí también su religiosidad y liberalismo controvertidos.

 

El nacimiento del manantial

 

Según él mismo escritor cuenta, el cura Castro Barros echaría la primera duda que lo atormentaría sobre aquella tradición nacional, y el primer disfavor contra las ideas religiosas en las que se había criado y crecido. De ello devendría su tenaz oposición a aquellos ideales afines al federalismo provinciano, genuinamente nacional, tan arraigados en sus paisanos. Desde que escuchara a ese sacerdote católico y federal, se lanzaría a la lectura de cuanto libro pudiera contradecir las ideas proclamadas por aquél:

 

Fue el primero la Vida de Cicerón por Midleton (anglosajón), con láminas finísimas, y aquel libro me hizo vivir largo tiempo entre los romanos… El segundo libro fue la vida de Franklin (norteamericano), y libro alguno me ha hecho más bien que éste. La Vida de Flanklin fue para mí –asegura Sarmiento- lo que las vidas de Plutarco para él (para Franklin); para Russeau, Enrique IV, Mme. Roland y tantos otros” (12).

 

Confirma Leopoldo Lugones, a la sazón su biógrafo, refiriéndose a estas lecturas, que el escritor sanjuanino efectivamente “pasó a la lectura de una obra sólidamente liberal: La Vida de Cicerón de Conyers Midleton, precursor del moderno romanismo histórico y del método racionalista de la historia, que Voltaire y David Hume aplicarían por la misma época con certeza tan eficaz”… en Europa (13).

 

En cuanto a la Vida de Franklin, afirma Lugones: “Fue su segundo libro revelador; de aquí seguramente provienen sus inclinaciones angloamericanas, su racionalismo (filosófico), iniciado por aquellas lecturas protestantes, y su predilección literaria por las biografías” (14).

 

Y agrega Lugones: “Hemos dado a no dudarlo con el nacimiento del manantial. Lígase con esto también su resentimiento con el clérigo Maradona, ministro de Benavides, al cual imputa la desaparición del (diario) Zonda” (15).

 

El mismo Sarmiento lo admite: “Yo me sentía Franklin” (16). ¡Cuánto mejor para nosotros hubiera sido que Sarmiento se sintiera Belgrano, Moreno, San Martín o hasta el mismo Facundo Quiroga! Tratándose de un país naciente, en lucha por su identidad, ello era decisivo. Pero eso no era todo.

 

La Vida de Franklin –exigía el joven intelectual- debiera formar parte de los libros de la escuela primaria”. Consecuentemente, “escribir una vida de Franklin adaptada para las escuelas, ha sido uno de los propósitos literarios que he acariciado largo tiempo y ahora me creía en aptitud de realizarlo”, nos confirma en “Recuerdos”. Pero, “llevado de las mismas ideas, lo ha efectuado M. Mignet, por encargo de la Academia Francesa, con un éxito completo”, No obstante, “mi plan era diverso –advierte Sarmiento, con lógica preocupación-, más popular y más adaptable a nuestra situación”. Sin embargo, perdida esa oportunidad, “tal cual como es el libro de Mignet, pedílo a Francia y lo he hecho poner en castellano para generalizarlo”, sin adaptarlo como pensaba, “porque yo sé por experiencia propia cuánto bien hace a los niños su lectura” (17).

 

Es necesario decir que, si bien la lectura en sí es provechosa para los niños, no lo es si esas lecturas no tienen los contenidos adecuados y al nivel de la edad de cada niño. Lo que lo favorece por un lado, podría desfavorecerlo o perjudicarlo por el otro. De allí la necesidad de complementar ambos aspectos.

 

Ciertamente, la imitación del norteamericano resultaba prácticamente imposible, pues no existían aquí las condiciones en las que Franklin se había formado, y cuyo estudio daría, seguramente, la respuesta a la razón de su personalidad y de sus experiencias, pero no la oportunidad de imitarlo en otras condiciones históricas distintas. Es justamente en el estudio de nuestra realidad y en la afirmación de nuestra identidad donde se encuentra el secreto de nuestra evolución como país y como personas, pues, como decía Ricardo Rojas, “cuanto más de su tiempo y de su país es uno, más es de los tiempos y de los países todos. El llamado cosmopolitismo es lo que más se opone a la verdadera universalidad” (18).

 

Sepultado el pensamiento de Moreno y de Belgrano, apagado los ecos de la gran revolución americana de la Independencia, y en plena ebullición la lucha entre porteños y provincianos (entre aperturistas y proteccionistas), el joven intelectual sanjuanino reclamaba: “¡Santas aspiraciones del alma juvenil a lo bello y perfecto! ¿Dónde está entre nuestros libros, el tipo, el modelo práctico, hacedero, posible, que pueda guiarlas y trazarles un camino?”. De alguna manera, Simón Rodríguez, que había sido maestro del libertador Bolívar, le contestaba: “¿Dónde iremos a buscar modelos? La América es original. Original han deser sus instituciones y su gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos(19).

 

Si la derrota de la revolución de mayo, y el desperdigamiento de las otrora provincias unidas en un sin número de naciones “independientes” había dejado el campo propicio para la colonización económica y cultural, o sea la contrarrevolución de los “civilizadores” porteños y extranjeros, por su parte, la patria necesitaba más que nunca de una literatura nacional que reflejara el pensamiento nacional de la época. Pero, a falta de hegemonía de ese pensamiento nacional, extrañado del poder, exiliado o desperdigado a lo largo y ancho de toda América y del Río de la Plata, la Inteligencia argentina, en vez de recrearlo, buscó afuera lo que estaba obligada a crear ella misma.

 

De todas maneras, es a la Inteligencia de una nación, sobre de todo de una nación inconclusa, a quien le toca esa función creativa de fundar, desarrollar e impulsar una visión nacional integral –para dilucidar el pasado, entender el presente y concebir el porvenir-, que tenga su razón de ser, no en ideas prestadas, sino en sus propias raíces.

 

Memorias de un traductor

 

Sus lecturas habían llevado a Sarmiento a la necesidad y obligación de aprender aquellos idiomas de los países cuya bibliografía calmaban su sed intelectual, alejándose cada vez más de la posibilidad de comprender el “idioma” nativo (ideológicamente hablando), que no hablaba ninguno de los autores que había consultado y leído.

 

Toda la educación que el escritor había recibido de sus maestros criollos había sido desechada y contradicha por él, como sinceramente lo admite: “El clérigo Oro, al enseñarme latín, que no sé, me había dotado de una máquina sencilla de aprender idiomas, que he aplicado con suceso a los pocos que conozco… Para los pueblos de habla castellana, aprender un idioma vivo es sólo aprender a leer, y debiera uno por lo menos enseñarse en la escuela primaria” (20).

 

Escapado de ser fusilado por el fraile Aldao en 1829 en Mendoza, volvió a la provincia de San Juan, donde tuvo su “casa por cárcel y el estudio del idioma francés por recreo… con una gramática y un diccionario prestados, al mes y once días de principiado el solitario aprendizaje, había traducido doce volúmenes y entre ellos las Memorias de Josefina” (21). Sobre la inteligencia y la capacidad de trabajo de Sarmiento no quedan dudas, y ésa es una de sus enseñanzas que deberían tener más difusión e imitación.

 

El aprendizaje de otros idiomas lo entusiasmaría de tal modo que se la pasaba leyendo y traduciendo hasta que “la vela se extinguía a las dos de la mañana”. “Y cuando la lectura me apasionaba –cuenta el escritor-, me pasaba tres días sentado registrando el diccionario. Catorce años he puesto después en aprender a pronunciar el francés, que no he hablado hasta 1846 después de haber llegado de Francia” (22).

 

El método de aprendizaje

 

Si una lengua “muerta” como el latín no enviciaba a nadie y abría la mente de cualquiera, pues es la base de nuestro idioma, por su parte, los idiomas vivos como el inglés o el francés mataban el espíritu nacional del intelectual argentino, si al final terminaba pensando en esos idiomas.

 

Era demasiado el tiempo que había gastado Sarmiento en aprender esos idiomas,  cuando las necesidades de los argentinos por aquel entonces eran otras. Pero la falla estaba en el método. Al arribar a Francia se desilusionaría de su admirada Europa, tal cual lo confiesa, y desde entonces volvería sus ojos hacia América… pero desafortunadamente hacia América del Norte, que también visitaría en sus Viajes, relatados con eximia pluma, en el mejor de sus libros, según Manuel Gálvez, uno de sus más importantes biógrafos (23).

 

Debió haber conocido y estudiado con sus propios ojos tanto Francia como Inglaterra,  antes de perder tantas horas y años de su vida en conocerlas por los libros y aprender esos idiomas, para luego desilusionarse. Además, ni esos idiomas ni sus viajes a aquellos lugares admirados podían ayudarle a conocer mejor a su patria y, lo que es mejor, a entenderla.

 

El otro idioma que había aprendido era el inglés. En 1833, estando en Chile, destinaría parte de su sueldo de dependiente de comercio “para pagarle al profesor de inglés Richard”, dándole “dos reales semanales” al sereno del barrio para que lo despertase “a las dos de la mañana para estudiar mi idioma inglés”. Después de mes y medio de lecciones, “Richard me dijo que no me faltaba sino la pronunciación” (24). Pero esto era lo de menos. El problema lo explica el mismo Sarmiento.

 

La clave del problema

 

¿Cómo se forman las ideas?”, se preguntaba el inquieto joven, intuyendo con certeza la verdadera respuesta: “Yo creo que en el espíritu de los que estudian sucede como en las inundaciones de los ríos, que las aguas al pasar depositan poco a poco las partículas sólidas que traen en disolución y fertilizan el terreno” (25).

 

Indudablemente, digamos nosotros, cuando en el suelo incultivado de nuestra mente no hay otras semillas que puedan echar raíces propias, aquellas semillas foráneas copan nuestro terreno cerebral, sin tropiezo. De esa forma sucedió con nuestro joven intelectual provinciano. Sin formación nacional previa (o previamente desechada como válida), ávido y prolífico lector y traductor de obras francesas e inglesas principalmente, el espíritu de Sarmiento poseería “sólidas partículas europeizantes” que fertilizarían el terreno de su mente joven e ilusionada.

 

Tanto era así, admite Domingo, que “estas lecturas enriquecidas por la adquisición de los idiomas, habían puesto ante mis miradas el gran debate de las ideas filosóficas, políticas, morales y religiosas, y abierto los poros de mi inteligencia para embeberse en ellas” (26). Pero las ideas que esos libros condensaban, no eran la expresión de nuestra idiosincrasia, historia, necesidades y sentimiento nacional.

 

En 1838, “alimentaron por largo tiempo mi sed de conocimientos… Villemain y Schlegel en literatura; Jouffroi, Lerminnier, Guizot, Cousin en filosofía e historia; Tocqueville, Pedro Leroux en Democracia; la Revista Enciclopédica, como síntesis de todas esas doctrinas; Carlos Didier y otros cien nombres hasta entonces ignorados por mí…” (27).

¿Qué nos podría enseñar de nuestra historia el ecléctico Cousin, cuando incluso hoy los europeos y norteamericanos desconocen dónde queda Buenos Aires, la ciudad más cosmopolita de América Latina? ¿Qué lección podría darnos Leroux, representante de una democracia que, como las “grandes democracias” de ahora, tanto como entonces (y esto lo dicen los mismos europeos), van detrás de los países más jóvenes y más débiles para esquilmarlos? ¿Podríamos encontrar retratada el alma americana, para mirarnos en ella, dentro de la literatura de Villemain (en realidad crítico literario) o de Schlegel (más que escritor, crítico y estudioso de la literatura clásica)?

 

Parafraseando a Enrique Lacolla, podríamos decir que “es por vía literaria” que Sarmiento se relaciona con “la gran historia del mundo” y “se contagia de las tendencias de la hora”, caracterizada en Europa “por el reflujo de la ola revolucionaria”. En ese contexto, prevalece entre los pensadores políticos europeos “una viva desconfianza respecto de la masa”, dentro de un escenario vinculado a “una civilización y un progreso que contrastaban con las realidades de un país desgarrado por las guerras civiles”. En ello reside la “comprensión imaginaria de Europa” por parte de Sarmiento, “y se funde con su horrorizada y ambigua fascinación por el mundo en que vive” (28).

 

De esto resultaba –insiste Sarmiento-, que aunque “discutíamos las nuevas doctrinas, las resistíamos, las atacábamos” -a falta de doctrinas propias-,terminábamos concluyendo al fin por quedar más o menos conquistados por ellas(29).

 

Y concluye Sarmiento: “Todas mis ideas se fijaron clara y distintamente, disipándose las sombras y vacilaciones frecuentes en la juventud que comienza, ya llenos los vacíos que las lecturas desordenadas de veinte años habían podido dejar, buscando la aplicación de aquellos resultados adquiridos a la vida actual, traduciendo el espíritu europeo al americano, con los cambios que el diverso teatro requería” (30).

 

¿Podía traducirse o trasplantarse el espíritu europeo a América? ¿O se trataba por el contrario de descubrir el espíritu americano para poder desarrollarlo desde sus raíces? El espíritu del joven Sarmiento, “espejo reflecto hasta entonces de las ideas ajenas” (31), como él mismo admite, no podía “moverse y marchar” hacia una dirección propia con relación a las circunstancias y realidad que se vivía en América. Como “las inundaciones de los ríos”, las aguas del cosmopolitismo regaron el espíritu del joven Sarmiento y depositaron “poco a poco las partículas sólidas que traen en disolución y fertilizan el terreno” (32).

 

Sarmiento buscaba la verdad argentina y americana, pero la buscó desde los prejuicios europeos y norteamericanos aprendidos en sus voluminosas lecturas y traducciones. En esas lecturas, que le dieron “dirección” a sus ideas -como el propio Sarmiento reconoce en su autobiografía-, estaba el secreto de su cosmopolitismo y de su subordinación intelectual a Europa y, consecuentemente, a su apéndice en América: Buenos Aires.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

  • Sarmiento D. F. (1843). Mi Defensa. Chile.
  • Ídem.
  • Sarmiento D. F. (1960). Recuerdos de Provincia. Buenos Aires: Editorial Eudeba, pág. 162.
  • Ídem, pág. 163.
  • Sarmiento, Ob. Cit.
  • Sarmiento, Ob. Cit., pág. 164.
  • Sarmiento, Ob. Cit.
  • Sarmiento, Ob. Cit., pág.177.
  • Ídem.
  • Ídem, pág. 178.
  • Ídem.
  • Ídem, pág. 180.
  • Lugones L. (1945). Historia de Sarmiento. Publicaciones de la Comisión Argentina de Fomento Interamericano, pág. 159.
  • Ídem.
  • Ídem.
  • Sarmiento, Ob. Cit., pág. 182.
  • Ídem.

(18) Rojas R (1922). La restauración nacionalista. 2° Edición. Buenos Aires: Librería La Facultad Juan Roldan y Cía, pág. 15.

(19) Rodríguez S. (1824). Sociedades Americanas.

(20) Sarmiento, Ob. Cit., pág. 183.

(21) Ídem.

(22) Ídem.

(23) Gálvez M. (1952). Vida de Sarmiento. Buenos Aires: Editorial Tor, pág. 204.

(24) Sarmiento, Ob. Cit., pág. 184.

(25) Ídem, pág. 186.

(26) Ídem.

(27) Ídem, pág. 187.

(28) Lacolla E. (1998). Reflexiones sobre la Identidad Nacional. Ediciones de Córdoba en América Latina, pág. 22.

(29) Sarmiento, Ob. Cit., pág. 187.

(30) Ídem.

(31) Ídem.

(32) Ídem, pág. 186.