La parábola de la civilización

Iniciamos una nueva serie de artículos cuya autoría pertenece a Elio Noé Salcedo, quien, sin apartarse de las temáticas nacionales y latinoamericanas, a través de breves ensayos críticos, aborda temas de nuestra cultura y sociedad, que el autor define como semicolonial.

 

Por Elio Noé Salcedo*

Como dice el historiador Roberto Ferrero, “el 12 de octubre de 1492 no fue un suceso extraordinario acaecido sorpresiva e imprevistamente, sino la culminación deslumbrante de un atrevido proceso de avances de la burguesía mercantil (europea) en dirección al Oeste” (1).

A propósito explica Jorge Abelardo Ramos: “Las únicas formas “modernas” que introduce España en las Indias son justamente las del capital mercantil exportador que funciona hacia el exterior por canales múltiples no relacionados entre sí y se vinculan a las colonias no con la misma España, sino con las grandes potencias europeas, que realizan su proceso (capitalista) de acumulación primitiva” (2).

Por eso, si “el descubrimiento de América” y “la circunnavegación de África” abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a esa burguesía colonialista (siglos después devenida en imperialismo), por su parte, la decadencia del imperio español –dueño de los mares hasta la batalla de Trafalgar (1805)- cambió la situación política y económica mundial, y Europa “se hizo dueña del mundo -Inglaterra en lo económico y Francia en lo cultural-, convirtiéndose en centro respecto a un resto periférico” (3).

Esos procesos explican el por qué del desarrollo europeo y no el de España (que nunca hizo su revolución industrial), por un lado, y revela la clave de la disgregación posterior de Hispanoamérica que, aparte de compartir el atraso con España –su metrópolis-, al no contar con mayores lazos hacia adentro y hacia sus vecinos y hermanos de la Patria Grande, a partir de las independencias “nacionales” perdió la única fuerza centrípeta (España) que unía a sus partes, y liberó todas las fuerzas centrífugas que alimentaban la lógica de su dependencia al imperialismo naciente (Gran Bretaña), que nos necesitaba divididos, aislados y, de esa manera, totalmente debilitados para dominarnos y explotarnos mejor.

Hoy, la inviabilidad de cada una de nuestras “naciones”, nacidas al amparo de la divisa imperial -“dividir para reinar”-, cuestiona de hecho el sistema u orden vigente que, a la vez que relega a nuestros pueblos a un segundo o tercer plano de importancia y existencia política, reproduce a una escala “superior” las condiciones de nuestra servidumbre colonial.

Terminado el ciclo colonialista y la acumulación capitalista europea inicial, la burguesía mundial no trajo “la civilización” a nuestras “naciones”, como declaraban apologéticamente casi al mismo tiempo el Manifiesto Comunista y la tesis sarmientina de Civilización y Barbarie, sino que inauguró una renovada versión de la civilización europea: la civilización imperialista y semicolonial, que destruyó los cimientos nacionales de la industria autóctona y consolidó nuestro atraso, al mismo tiempo que neutralizó el desarrollo de una cultura nacional, cuando industria y cultura propia era la condición sine que non para insertarse en igualdad de condiciones en el concierto de las Naciones, como expresión viva y original, a la vez, de la cultura universal.

No será en vano recordar la advertencia de Manuel Ugarte, que parece hecha hoy: “Los mejores triunfos del imperialismo han consistido en subdividir la colectividad en numerosas entidades, orientando la atención de esas entidades hacia las controversias políticas, espirituales o sociales, y hacia teorías que distraen el esfuerzo exigido por la consolidación nacional” (4). Tales controversias y teorías están a la orden del día en esta hora crucial de nuestra dependencia política, económica y cultural.

 

Apología de la penetración imperialista

Al describir el papel de la burguesía de los países europeos, el Manifiesto Comunista señalaba: “El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas.  Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza. La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad.  Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente(5). Una verdadera apología del colonialismo europeo y la “superioridad” blanca.

Por su parte, Domingo Faustino Sarmiento –pro europeo al fin- racionalizaba así su coincidencia con la izquierda y la derecha colonial europeas (coincidentes entre sí): “Los españoles no somos ni navegantes ni industriosos, y la Europa nos proveerá, por largos siglos de sus artefactos, en cambio de nuestras materias primeras, y ella y nosotros ganaremos en el cambio: la Europa nos pondrá el ramo en la mano y nos remolcara río arriba, hasta que hayamos adquirido el gusto de la navegación” (6).

Las “tribus bárbaras más ariscas” eran los hombres y mujeres de los países expoliados por el colonialismo y/o el imperialismo naciente. El “odio al extranjero” era la reacción legítima contra la “civilización” colonialista o imperialista, que venía a arrasar la producción propia. La “burguesía”, no era la propia –la pequeña, mediana o gran industria nacional- sino la industria y la burguesía de los países colonialistas o imperiales: trabajo, salarios, consumo y bienestar eran para beneficio de los países centrales, no de los países periféricos; y la “civilización” no era otra que la europea, que solo alcanzaba a las grandes ciudades y/o puertos coloniales o semicoloniales, asociados comercialmente al mundo europeo, y que nos privaba de la expresión de una cultura original y el desarrollo de una identidad propia. El capitalismo, por lo tanto, no era nuestro capitalismo, con el bienestar interno consecuente, sino el de los países explotadores de nuestros países coloniales o semicoloniales, que los ideólogos de la burguesía europea –de allá y de aquí- defendían.

Por el contrario, ese “cretinismo de la vida rural” al que se refería tanto el Manifiesto Comunista como el Facundo –les contestaba Juan Bautista Alberdi-, era nada más ni nada menos que “la vida consumida para producir la riqueza rural que hace la grandeza y opulencia del país”…“Solo el que ve toda la civilización en el frac, en la silla inglesa, en los sombreros redondos –reflexionaba el tucumano- puede tomar por bárbara” la vida de un país que intenta civilizarse por y con sus propios medios (7).

La “civilización” era la de Europa y para Europa, y no la nuestra y para nosotros, salvo la de las grandes ciudades portuarias o litorales, que se modernizaban a la par que crecían sus negocios con el extranjero. “Los civilizadores –reflexionaba críticamente León Trotsky- le cierran el paso a los que quieren civilizarse”.

Lo mismo que acontecía con la producción material, acontecía con la del espíritu. La colonización económica se apoyaba en la colonización cultural y pedagógica, y viceversa. Por eso también, el interior conservaba su identidad criolla y tradiciones nacionales, como no lo hacían las ciudades cosmopolitas y las clases ilustradas,  entregadas en cuerpo y mente al extranjero.

Para la visión europea, en la que coincidían marxistas y no marxistas del Viejo y del Nuevo Mundo, “los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común” y “las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal” (8). Se pretendía hacer pasar por universal lo que solo era europeo, y por civilización lo que era arrasamiento del aparato productivo y de la cultura nacional.

Sin ninguno de los beneficios augurados por sus apologistas -desde Smith y Ricardo a Sarmiento y el Manifiesto Comunista-, “la burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad”. Consecuentemente, “este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política… Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase(que en la era del imperialismo, no era el de la burguesía local –prácticamente inexistente- sino el de la burguesía colonialista de los países imperiales)… La energía que esa burguesía decían traía, le era arrebatada a los países que colonizaba económica y culturalmente, dejándole sólo ser dueña de su independencia política y jurídica, en muchos casos solo una ficción” (9).

Ese proceso de arrebatamiento y monopolización a nivel mundial -desde fines del siglo XIX- se conocería con el nombre de “imperialismo”, fenómeno que anulaba en los países periféricos colonizados los pretendidos beneficios de la civilización burguesa europea, que la teoría económica clásica, el Manifiesto Comunista y la tesis sarmientina de Civilización y Barbarie coincidían en anunciar falazmente como paradigma de nuestro desarrollo.

Con el nacimiento del “imperialismo invisible” -definido así por Deodoro Roca, uno de los ideólogos de la Reforma (10)-, se completaba el círculo de la civilización europea y se consolidaba el régimen semicolonial: régimen de sometimiento económico y cultural, decorado con la ficción de independencia política y jurídica, tal como sobrevive hasta nuestros días.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

  1. Ferrero R. A. (2006). De Morelos a Morales. 12 miradas a la Patria Grande. Córdoba: Ediciones del CEPEN, pág. 19. Ver otros artículos sobre este tema en revista.unsj.edu.ar
  2. Ramos J. A. (2006). Historia de la Nación Latinoamericana. Buenos Aires: Dirección de Publicaciones del Senado de la Nación, pág. 103.
  3. Maiz C. (2003). Imperialismo y Cultura de la Resistencia. Los ensayos de Manuel Ugarte. Córdoba: Ediciones del Corredor Austral – Ferreyra Editor, pág. 39.
  4. Ugarte M. (1923). El destino de un continente. Madrid: Editorial Mundo Latino, pág. 217 (citado por C. Maíz, Ob. Cit., pág.189).
  5. Manifiesto Comunista (1848).
  6. Sarmiento D. F. (2010). Facundo. Buenos Aires: Ediciones Colihue, pág. 266.
  7. Alberdi J. B. Escritos Póstumos.
  8. Cit. (1848).
  9. Cit. (1848).
  10. Roca D. (1956). El difícil tiempo nuevo. Buenos Aires: Editorial Lautaro.

Imagen de portada: La cena en el baile, de Adolph Menzel, 1878. Fuente: Colección del Nationalgalerie, Staatliche Museen de Berlin