La primera revolución social de Nuestra América

De todas las rebeliones sociales de la época colonial, el movimiento indo-criollo de Tupac Amarú fue el más importante, y actuó a su vez indirectamente como disparador de la revolución independentista.

 

Por Elio Noé Salcedo*

En el capítulo dedicado a “la revolución de Tupac Amarú” del libro La rebelión permanente. Las revoluciones sociales en América Latina, el chileno Fernando Mires explica que había dos vertientes principales de rebeldía en Hispanoamérica: la de las clases propietarias criollas (agrarias y/o mineras), amenazadas por los españoles en sus intereses inmediatos, y la de los sectores indígenas, que protestaban por muchas y variadas razones: las arbitrariedades de los Corregidores, los injustos y desmedidos tributos-impuestos (punto de coincidencia con los criollos), los repartos de indios varones y mujeres, los distintos sistemas de servidumbre, las condiciones indignas en los obrajes y hasta el incumplimiento de las Leyes de Indias, mientras que al mismo tiempo “persistían en recuperar parte de aquel pasado del que fueron tan violentamente desposeídos” (1).

Al menos en el momento inicial -sostiene Mires-, esas dos vertientes confluyeron en la revolución tupamarista que, bajo la dirección del caudillo inca, hizo confluir en una sola dirección a ambas corrientes, más allá de que tuvieran intereses políticos, sociales y económicos distintos. La imposibilidad de encontrar un lugar común en la lucha (como de una u otra manera encontraría después la revolución independentista), terminó por quitarle al movimiento su empuje inicial. Sin embargo, como bien dice el autor mencionado, la rebelión tupamarista se transformó en una verdadera revolución social: “la primera revolución social hispanoamericana” –y la más grande-, “punto de articulación de un descontento generalizado de vastos sectores de la población indo-hispano-americana durante el período colonial” (2).

El gran alzamiento indígena-criollo tuvo su epicentro en un área delimitada por las ciudades del Cuzco y Potosí hasta Jujuy -corazón hasta entonces de la economía virreinal peruana- “zona rica en yacimientos de plata y en donde tuvieron lugar las formas más espantosas de explotación de la fuerza de trabajo indiana” (3).

 

La revolución de Tupac Amarú

Para Mires, el movimiento de José Gabriel Condorcanqui -Tupac Amarú- “fue punto de culminación de muchos intentos aislados de resistencia y a la vez punto inicial o precursor de la independencia de América”, situado “en el justo medio entre dos procesos (no necesariamente relacionados directamente entre sí): uno, el de la resistencia indígena tardía frente a la colonización hispana; el otro, el de la independencia política de las naciones hispanoamericanas” (4). El movimiento tupamarista -más allá de su fracaso final-, hizo germinar el espíritu libertario de los americanos, puesto de manifiesto definitivamente en la luego triunfante Revolución de la Independencia.

Aclaremos que, por entonces, ni criollos ni indígenas ni negros, mulatos y mestizos que formaban parte del movimiento, cuestionaban la legitimidad del poder de la Corona (Tupac Amarú lo haría recién al final, en el momento de mayor debilidad), de allí que en su primer edicto, después de ejecutar al Corregidor Juan Antonio de Arriaga y destruir los obrajes de Pomacanchi y Quipucocha en su marcha hacia el Cuzco, el líder indígena dejaría escrito: “Por cuanto el Rey me tiene ordenado proceda contra varios corregidores…” (5). Es más, tratando de mantener su buena relación con las autoridades eclesiásticas y no contradecir la fe que profesaba, manifestaría: “El ejemplar ejecutado en el corregidor de la provincia de Tinta lo motivó asegurarme que iba contra la Iglesia, y para contener a los demás corregidores fue indispensable aquella justicia… de mi orden ninguno ha muerto sino el corregidor de Tinta a quien, para ejemplar de muchos que van contra la Iglesia, lo mandé colgar” (6).

Del mismo modo, en el “Bando de la Libertad de los Esclavos” del 16 de noviembre de 1780, con vistas a constituir una especie de “frente social antieuropeo”, sin distinción de razas, clases ni ocupaciones, aquel “Indio de la Sangre Real de los Incas y Tronco Principal” haría saber “a los peruanos vecinos estantes y habitantes de la ciudad del Cuzco, Paysanaje de Españoles y Mestizos, Religiosos de todos los que contiene dicha ciudad, Clérigos y demás personas distinguidas que hayan contraído amistad con la Gente Peruana, concurran en la misma empresa que hago favorable al bien común de este Reyno por constatarme las hostilidades y vejámenes que se experimente de toda Gente Europea, quienes sin temor a la Magestad Divina ni menos obedecer a las Reales Cédulas que Nuestro Natural Señor (el Rey) enteramente han preparado sobrepasando los límites de la Paz y quietud de nuestras tierras haciendo vejamen y agravios, aprovechándose del bien común, dejando aun perecer a los nativos. Y como cada de por sí tiene experimentado el riguroso trato europeo; en esta virtud han de concurrir con excepción de personas a fortalecer la mía, desamparando totalmente a los chapetones (españoles) y aun que sean Esclavos, a sus amos, con aditamentos de que quedarán libres de la servidumbre, y faltando a la ejecución de lo que aquí se promulga, experimentarán los contraventores, el rigor más severo que en mí reservo a causa de la desidia, indefectiblemente sean Clérigos, Frailes o de otra cualquiera calidad y carácter” (7).

Tupac Amarú ganó batallas y siguió su marcha hacia el Cuzco liberando pueblos. Pero los criollos y eclesiásticos, que al principio lo habían apoyado -asustados por la radicalidad que adquiría el movimiento y debido a sus propios intereses y objetivos-, comenzaron a abandonar al conductor y el movimiento comenzó una etapa vacilante. No obstante ello, Tupac Amarú trataría de agotar todas las posibilidades a fin de no romper el bloque indígena-criollo. Aún contra la opinión de su esposa -Micaela Bastidas-, que tuvo gran protagonismo en la gesta, como muchas otras mujeres, “el caudillo esperó hasta el último momento concertar alguna relación de compromiso, pues sabía que de no ser así, el movimiento estaba perdido” (8).

Y así fue. El abandono de sus aliados criollos y eclesiásticos, la traición de muchos de su sangre (traicionado nada menos que por veinticuatro caciques), los errores del propio Tupac Amarú, que dejó rearmarse al enemigo en lugar de atacarlo, y la gran concentración de fuerzas a la que apeló el bando realista, selló el destino de aquella revolución: Tupac Amarú fue ejecutado y descuartizado junto a su esposa, sus hijos, parientes y amigos.

Habiéndose aislado la revolución tupamarista del bando criollo -concluye Mires-, tuvo lugar una polarización de la sociedad colonial peruana en dos frentes: uno, el de la clase colonial; el otro, formado por los indios, además de negros, mestizos y mulatos. Pero en esas condiciones el movimiento no tenía la menor posibilidad de triunfo” (9).

Cabe a nosotros reflexionar en pleno siglo XXI sobre la imposibilidad de avanzar en el rescate y recreación de nuestros derechos políticos, económicos, sociales y culturales sin una conjunción de esfuerzos y la reunión de la mayoría de los argentinos y latinoamericanos en un frente y un proyecto común que resuelva todos nuestros problemas pendientes.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

(1) Mires F. (2011). La rebelión permanente. Las revoluciones sociales en América Latina. México: Siglo XXI Editores S. A., pág. 17.

(2) Ídem, pág. 15.

(3) Ídem.

(4) Ídem.

(5) Ídem, pág. 36.

(6) Ídem, pág. 42.

(7) Ídem, pág. 36

(8) Ídem, pág. 39

(9) Ídem, pág. 51


Fuente de la imagen de portada: http://laculturainca-cusi.blogspot.com/2010/09/las-luchas-anticoloniales.html