La última guerra inca

Al morir el emperador Huayna Cápac -nieto de Pachacuti- comenzó la disputa por la sucesión entre los hermanos Huáscar y Atahuallpa. Esta es la crónica breve de esa guerra.

 

Por Elio Noé Salcedo*

Solo comparable con la “efectividad” de la Inquisición, eran las represalias entre dinastías o panacas. Las resistencias siempre presentes a la hora de la sucesión del nuevo Sapa Inca, obligaban a proceder expeditivamente matando a veces a pretendientes desleales y sus cuantiosas mujeres, aunque fuesen hijos del Inca (1). Comúnmente eran varios, fruto de la relación entre el Inca y sus mujeres o concubinas.

Si Ticci Viracocha había elegido la sangre de una panaca para gobernar a su pueblo, esa elección obligaba a defenderla: “negarla traería inmensos males para todos”, empezando por los integrantes de la propia panaca elegida. Consolidado el poder, “las familias dinásticas, las panacas, conservaban la autoridad para discernir sobre el gobierno y la legitimidad divina” (2).

La elección de Viracocha tenía absoluta correspondencia con la inteligencia, el talento y las habilidades adquiridas por el elegido (entre las cuales se destacaba la memoria, tratándose de una cultura oral, y la fuerza o poder persuasivo), aparte de su sangre real. Tampoco había nobleza sin sabiduría, y ella “era el don de interpretar esa unidad de cielo y tierra, de los hombres y las cosas, las montañas y los ríos” (3).

En su testamento oral -pues no existía la escritura sino solo el sistema de quipus- su padre (Topa Inca, hijo del gran Pachacuti) le había confirmado a Huayna Cápac ese mandato divino: “Deberás defender esa armonía (entre cielo y tierra) y predicarla allí donde todavía haga falta, es nuestro mandato divino” (4). Y hasta le había explicado por qué ese mandato le había sido conferido a su panaca por el dios de los Incas.

Ticci Viracocha -le había dicho en su lecho de muerte- eligió nuestra sangre porque le pareció la más fuerte y la más pura, y su elección nos obliga para siempre; negarla traería inmensos males para todos, empezando por nosotros mismos. Los dioses te acompañarán porque serás uno de ellos” (5).

Sin embargo, al morir Huayna Cápac, que había consolidado su poder con la ejecución de dos de sus principales hermanos, y al morir también al poco tiempo el heredero designado –Ninan Cuyuchi- por la misma epidemia que castigó a la población y mató también a miles de personas, reaparecieron “las intrigas habituales de las panacas, que solían saldarse con sangre” (6). Había comenzado la última guerra real entre Incas, y pronto se dilucidaría si era una cuestión de dioses o de hombres.

 

El principio del fin

Como en la corte inca prevalecía la línea materna de sucesión, Huáscar -uno de los hijos de Huayna Cápac- se benefició de la legitimidad de su madre, Raura Ocllo, “heredera y miembro de la panaca de Topa Inca” (7). Pero las cosas no eran tan sencillas, porque sumado a que Raura Ocllo y Huayna Cápac no se habían casado formalmente como para legitimar la sucesión, en Quito quedaba el joven Atahuallpa, hijo predilecto de Huayna Cápac y que “descendía por línea materna del gran Pachacuti”, lo que también lo ponía de hecho en la línea de sucesión, lo mismo que su hermano.

Las cosas estaban así: por un lado Atahuallpa estaba en Quito (segunda capital en importancia del Tahuantinsuyu), “en el esplendor de la corte que había presidido su padre (en el momento de morir), querido por sus soldados y rodeado de sus generales” (8). Por su parte, Huáscar “debía afirmar su autoridad en Cusco (capital histórica y religiosa), nudo de intrigas dinásticas y de viejos rencores, y como tal necesitaba afirmar su derecho a la mascaypacha por sus dotes personales, que no habían sido todavía probadas” (9).

Ambas situaciones coexistirían, “y el inestable equilibrio entre los hermanos se prolongó mientras cada uno procuraba consolidar su fuerza” (10). Pasados unos pocos años, rechazando la invitación de Huáscar a presentarse en Cuzco personalmente, Atahuallpa optó por enviar numerosos presentes y una delegación de alto nivel en señal de acatamiento. Los enviados fueron apresados y ejecutados. Así la lucha entre hermanos quedó abierta, y “por todo el Tihuantinsuyu se extendieron los combates y las sangrientas represiones” (11) de un lado y otro.

Ni los hombres, ni las waqas, ni los poblados mismos se salvaron de la violencia -refiere Larriqueta-, en una mezcla de acciones bélicas y venganzas religiosas” (12). En uno de los combates, Atahuallpa fue apresado, pero “mientras sus captores celebraban la victoria, el príncipe, que se había dañado una oreja en la refriega, logró escapar gracias a que, según su propio relato, el Sol, su padre, lo transformó en amaru, serpiente, y logró pasar por un agujero pequeño de su prisión” (13).

Con igual furia de un lado y otro, la guerra continuó, pero los ejércitos de Huáscar sufrieron sucesivas derrotas, “debilitados desde adentro por las intrigas de las panacas a las que pertenecían sus generales y los orejones encargados del mando” (14). Esas derrotas debilitaron tanto a Huáscar, que “tomó la decisión extrema de encabezar personalmente los combates”, mientras Atahuallpa “permanecía en Cajamarca (tercera ciudad en importancia del Imperio) y dejaba hacer a sus generales” (15).

Finalmente, Huáscar fue hecho prisionero, y al conocerse que estaba preso, sus tropas lo abandonaron, influidas también por el creciente prestigio político y militar de Atahuallpa.

Los generales del heredero triunfante ingresaron al Cuzco llevando la imagen simbólica de Atahuallpa, “el bulto Ticsi Cápac formado por sus pelos y uñas”, sometiendo a la capital y apresando a todos los parientes y seguidores de Huáscar, a la espera del enviado de sangre divina, Cusi Yupanqui, “que por su alcurnia y nobleza de sangre podría ordenar las terribles sanciones y aniquilaciones que consideraba forzosas” (16).

Los hechos de guerra habían tomado un giro sorprendente y a la vez definitivo, a pesar de contar Atahuallpa con menores fuerzas. Todo ello reafirmaba la esperanza de Atahuallpa (y los sueños frustrados de su padre, que había preferido vivir y morir en Quito por la situación de zozobra que se vivía Cusco) de “convertirse en un refundador del mundo como su abuelo Pachacuti” (17). Mas la refundación suponía “nuevas reglas, nuevos territorios incorporados y una limpieza religiosa y política, porque la vida dispendiosa de las panacas cusqueñas hacía difícil sostener la prosperidad del Tihuatinsuyu” (18).

A todo ello se aprestaba Atahuallpa, cuando recibió la noticia de la llegada de unos intrusos que venían del océano. Entonces en lugar de continuar hacia el Cuzco, donde se dirigía, volvió a Cajamarca, en cuya plaza se sellaría su destino.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

 

Notas

1 a 18: Todas las citas de este artículo corresponden a la obra de Daniel Larriqueta, “Atahuallpa, memoria de un dios” (2014), de Editorial Edhasa.


Imagen de portada: Huáscar y Atahualpa: guerra civil incaica. Fuente: https://anthropologyandpractice.com