Un Emperador en tierras de Cuyo

La conquista y colonización de los Incas en el Norte argentino y Cuyo, a cargo del emperador Huayna Cápac, aparte del Camino del Inca, dejó fuertes marcas culturales, particularmente en la designación de nombres geográficos y del lenguaje cotidiano.

 

Por Elio Noé Salcedo*

Chile, el Tucumán y Cuyo -territorio del extremo sur del Collasuyu- fueron conquistados por los incas entre 1471 y 1525, casi al mismo tiempo que Colón preparaba sus naves para buscar por el Este el camino de las especias y, poco tiempo después, él y su comitiva intentaban hacer pie en las islas del Caribe.

Los españoles llegarían al Perú apenas unos años después, en 1532, justo en el momento en el que los dominadores de esta parte del mundo soportaban las consecuencias de una guerra civil por la sucesión imperial entre los hermanos Huáscar y Atahuallpa, noble  este último que saldría vencedor de la contienda, no sin fuerte derramamiento de sangre.

El relativamente corto tiempo de colonización inca en el actual territorio argentino (sesenta años aproximadamente) no impediría una fuerte influencia de su cultura en los pueblos de Cuyo y específicamente entre los Huarpes si entendemos que los incas no perdían el tiempo y tomaban muy en serio -desde que se trataba de un mandato divino- la conquista y colonización de los pueblos que dominaban. Por caso, el Camino del Inca (Qhapaq Ñan) en territorio del Norte argentino y Cuyo, atraviesa siete provincias (Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza).

Existe una “recurrencia significativa”, consigna Rolando H. Braun Wilke en su investigación sobre los Incas en Cuyo, “en las asociaciones entre arraigos imperiales (evidenciados por los sitios arqueológicos) y la distribución de yacimientos minerales en el Coyasuyu” (1). De ello algunos autores infieren que “la búsqueda de tales depósitos fue una de las causalidades de la penetración de esos poderosos invasores” (2), aparte de señalar que los pueblos andinos sometidos pagaban sus tributos en metales. Aunque, según sostienen Mariano Gambier y Teresa Micheli, la presencia incaica en el noroeste sanjuanino actual estaba más relacionada con las riquezas de camélidos silvestres (vicuñas, proveedores de lana) (3), de uso también para el transporte de carga (una vez domesticados). Se sabe que la vicuña o la llama (los Incas no habían conocido todavía el caballo) eran animales multipropósito muy adaptados a la montaña, del que se podía también comer su carne (en ocasiones especiales), su estiércol seco era usado como combustible esencial en algunas áreas de la puna más alta y su lana era usada para tejer las prendas que los incas utilizaban (4).

En efecto, coincidente con las versiones históricas vigentes, cuenta Daniel Larriqueta en su documentada novela histórica sobre Atahuallpa -último emperador inca-, que en una primavera, probablemente de 1471, Topa Inca Yupanqui, abuelo de Atahuallpa, salió del Cuzco rumbo al Collasuyu -una de las cuatro grandes regiones o “suyus” en las que se dividía el Imperio- en camino de conquista y colonización de “las tierras de frontera con los “charcas” y los “guaraníes” y las lejísimas comarcas de lo que se llamaba Chile” (5).

 

El camino del Tucumán y Cuyo

Muerto Inca Yupanqui a la vuelta de su largo y exitoso viaje por los confines de la tierra (Chile), su hijo, Huayna Cápac (1493 – 1525), consagrado ya Dios-Emperador de los Incas -fiel a su misión de organizar y convertir al mundo conocido- emprendería una nueva excursión colonizadora, esta vez por el camino del Tucumán y Cuyo.

Así fue como Huayna Cápac se internó en lo que es hoy territorio argentino, “más allá del Tucumán, por las tierras “diaguitas”, eligiendo un camino distinto del que transitó su padre, de modo de visitar las comarcas al naciente de la gran cordillera y honrando a los pueblos agrícolas de Cuyo que ya habían prometido su alianza” (6).

El orden y la paz en todo el Collasuyu (Altiplano boliviano, Tucumán, Cuyo y Chile) era la condición necesaria para resolver el dilema de la inmensidad del reino, y así poder hacer realidad el pensamiento del joven Inca en cuanto a sus vastos dominios: “el Tahuantisuyu necesitaba dos capitales: Cusco, la sagrada, y Quito, la promisoria” (7), en el confín norte del imperio.

Cabe señalar que si para los incas “viajar” era construir y enseñar, esas misiones no siempre eran del todo pacíficas y en muchos casos requerían de fuertes represiones o represalias para convencer a los pueblos conquistados -en este caso los más rebeldes y contestatarios- de las bonanzas y conveniencias de formar parte del gran imperio, que invariablemente, por mandato sagrado, les ofrecía compartir sus dones, de acuerdo al principio de “reciprocidad” que el incario sostenía a rajatabla “para alegría de los hombres”, que “a cambio le ofrecerán lealtad, trabajo para las grandes obras y sustento militar” (8).

Ya entenderían, incluso los pueblos resistentes, interpreta Larriqueta en su novela histórica, “que la bendición del Sol y el gobierno inca eran la definición verdadera de la existencia, lo que le daba sentido. Así lo había querido el ordenador del mundo, Ticci Viracocha, y así lo cumplían, como mandato, sus criaturas” (9).

De esa manera, “con los “charcas” y los “calchaquíes” combatían en los bordes de su expedición los generales que destacaba para cada faena. Los quipucamayos y los amautas enseñaban y conformaban el lenguaje común del idioma y los símbolos, y la estética inca se instalaba por todas las comarcas en los tejidos, la alfarería y los trabajos de los orfebres en oro, plata y cobre” (10). Y las construcciones “florecían no solo en los caminos de cuidada factura, sino en las instalaciones que los acompañaban” (11).

En ese sentido, afirma Mariano Gambier –citado por Daniel Illanes-, “el origen de la cultura Angualasto, provendría de mitimaes” (12), unas de las formas de colonización incaica. A propósito, dice Salvador Canals Frau: como toda “aristocracia conquistadora”, los incas no escatimaron esfuerzos para imponer su dominio y colonizar a los pueblos conquistados, ya sea extrañándolos de su lugar de origen y convirtiéndolos en colonos de las etnias sometidas (mitimaes) u obligándolos a aprender la cultura del Imperio a través de la imposición de la escuela incaica, en la que los pueblos conquistados aprendían la lengua oficial, la religión, los secretos de los quipus y la mitología e historia inca (13).

Admitamos que la conquista española fue más cruel que la conquista incaica, pero tanto una como otra reproducirían más o menos las mismas condiciones de dominación: conquistar, colonizar, imponer su cultura y religión, etc. Dice bien Daniel Illanes: la sujeción de los Huarpes “ya venía de antes, desde la dominación del complejo apropiativo excedental del incario, que ya había “sujetado” al pueblo huarpe”, aunque de un modo distinto al de los españoles, es decir “sin desestructuración plena y sin depredación de la comunidad indígena” (14).

 

Integración de culturas

No hay duda de que la influencia incaica (quichua) fue grande en el Norte argentino y Cuyo. En San Juan dan testimonio de esa presencia e influencia cultural, además del Camino del Inca, las ruinas de Angualasto; tambo y ruinas en Tocota; restos arqueológicos en Barreal; yacimientos arqueológicos en la Quebrada de la Flecha; como así también el descubrimiento de restos mortales momificados a la usanza incaica en el Cerro del Toro, Las Tórtolas, el Nevado de los Tambillos, el Mercedario y Los Morrillos (a 3.000 msm frente a la localidad de Barreal).

De hecho, palabras como Calingasta, Chimbas, Guaco, Guanacache, Marayes, Pachaco, Pismanta, Puchuzún, Tontal, Ullum y Usno son de origen quichua, o sea inca (15), sin contar el vocabulario de uso común en el Norte y Cuyo que conservan esa misma raíz, como achura (entrañas del animal), chala (hojas secas del maíz), challar (echar agua) chancho (cerdo), chicoco (niño pequeño), choco (perro), chucho (frío), chúcaro (en estado salvaje), guanaco (camélido de nuestra fauna), minga (poca cosa o nada), mishi (gato), pachango (arrugado), pilchas (ropa), pirca (montón de piedras), vicuña (camélido de nuestra fauna) y yapa (añadidura), entre otras (16).

En el “pueblo indio” de Mogna (declarado “pueblo histórico” por ley provincial y nacional), todavía perviven sobrenombres o apodos de origen y fonética quichua, tales como Chamaco, Chiroco, Chopito, Chimango, Chango o Chuschín (17).

Con la mestización biológica y cultural, producto de la conquista y colonización española, la sociedad cuyana en particular y la  latinoamericana en general adquirirían esa idiosincrasia mestiza que nos identifica en el presente.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

 

Notas

(1) Braun Wilke R.H. (Marzo 2014). Los Incas en Cuyo. Revista Todo es Historia Nº 560.

(2) Ídem.

(3)  Ídem (citado por Braun Wilke).

(4) http://www.incatrail-peru.com/inka-trail/spanish/history-of-the-qhapaq-nan.php

(5) Larriqueta D. (2014). Atahuallpa. Memoria de un dios. Buenos Aires: Edhasa, pág. 9.

(5) Ídem, pág. 26.

(6) Ídem, pág. 27

(7) Ídem, pág. 15.

(8) Ídem, pág. 12.

(9) Ídem, pág. 26.

(10) Ídem.

(11) Illanes D. (2010). Historia de San Juan. Desde los orígenes hasta la actualidad. San Juan: Ediciones del Laberinto, pág. 29, citado por el autor en http://www.revista.unsj.edu.ar/?p=2968

(12) Canals Frau S. (1959). Las civilizaciones prehispánicas de América. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, pág. 324.

(13) Illanes, Ob. Cit., pág. 30.

(14) Braun Wilke, Ob. Cit.

(15) El autor consultó las siguientes publicaciones: Historia de San Juan, de Horacio Videla (1962); Glosario de Mogna, de Rivero, I. A. (2001), Editorial UNSJ; Sanjuaninos con diccionario propio (Tiempo de San Juan): artículo de Viviana Pastor (30 de diciembre de 2013).

(16) Entrevista personal a la periodista Susana Roldán sobre el lenguaje cotidiano en Mogna.


Imgaen de portada: Huayna Cápac. Fuente: https://rpp.pe/