El pensamiento de izquierda

El proceso de instalación y evolución en nuestro país de las ideas sociales modernas, que hacen eclosión en Europa a partir de la Revolución Industrial y de la Revolución Francesa, son analizadas aquí desde una mirada nacional latinoamericano-céntrica.

 

Por Elio Noé Salcedo*

La búsqueda de un pensamiento propio –soberano y conveniente a las necesidades e intereses de nuestro país, de nuestra sociedad y de nuestro continente-nación-, reclama hacer una revisión crítica también del pensamiento de “izquierda” en lo que ese pensamiento tiene de divorciado de la realidad, según la expresión de Arturo Jauretche.

Para empezar, cabe decir que “izquierda” y “derecha” fueron términos que surgieron para designar a los Estados Generales o sectores sociales (Clero, Nobleza y Pueblo) que se sentaban a un lado y otro de la Asamblea Nacional que sesionara durante la Revolución Francesa. A la izquierda de la gran asamblea se sentaban los representantes de la plebe, que sostenían las posturas más radicales en aquella situación. Esas circunstancias llevaron luego a los movimientos socialistas de Europa (que desde la mitad del siglo XIX adoptaron el marxismo como ideología y doctrina), a considerarse los representantes legítimos de lo que se dio en llamar la izquierda europea.

Al trasponer el Atlántico, esas ideas se enfrentaron aquí con una realidad que distaba mucho de ser la de Europa, poniendo de manifiesto desde un primer momento: 1) la especificidad geo-histórica en la que esas ideas originales habían visto la luz, que determinó su especial visión euro-céntrica del desarrollo histórico; y 2) la euro dependencia general del pensamiento marxista en el Nuevo Mundo, condición que le obstaculizó “la comprensión cabal de las particularidades del devenir latinoamericano” (1). De esa dependencia e incomprensión de la realidad latinoamericana devendría el calificativo de izquierda colonial (2).

Si bien, “las ideas no son autóctonas o extranjeras, sino útiles o perjudiciales a las expectativas y los intereses de los miembros componentes de un determinado conglomerado social” (3), no obstante, sin traducción ni adaptación a las nuevas circunstancias, aquellas ideas no podían servir para el mismo fin que habían servido en Europa, y generalmente estuvieron en la vereda de enfrente de los movimientos nacionales y populares de toda Nuestra América. De tal modo, esa izquierda colonial –al contrario de la izquierda nacional– auto impugnó de entrada su carácter “popular”, quedando al margen, e incluso en contra, de los grandes movimientos de masas (actitud que denunciara Lenin en “La enfermedad infantil del izquierdismo…”).

En cuanto a esa visión euro céntrica, en “Enajenación y Nacionalización del Socialismo Latinoamericano, Roberto Ferrero señala: “Entre las tesis de Marx aceptadas sin beneficio de inventario como una verdad revelada por la intelectualidad marxista argentina y latinoamericana, se destaca una, que es la más importante de todas: nada menos que la entera concepción de desarrollo social, que había sido elaborada a partir de los datos históricos de la Europa Occidental y era, por tanto, unilateral, y por ello, no idónea para la explicación del conjunto de la historia mundial” (4) y, por supuesto, tampoco de la historia latinoamericana.

En realidad, Nuestra América había sido muy poco tenida en cuenta por el pensamiento clásico europeo tanto marxista como premarxista. Para el reputado filósofo G. W. F. Hegel (1770-1831), América se había “revelado siempre y sigue revelándose impotente en lo físico como en lo espiritual”. Sin importarle mucho el destino de los pueblos extra europeos, pensaba que “con la ruina de lo particular se produce lo universal”. El pensamiento euro céntrico y/o metropolitano haría escuela entre nuestros primeros intelectuales y alinearía a nuestra “intelligentzia” (5) de “derecha” e “izquierda”, sin raíz nacional, en las filas del eurocentrismo, apenas velado por su pretensión de “universalismo” en un caso, o de “internacionalismo proletario” en otro.

En lo que concierne a Marx y Engels particularmente, aparte de haber hecho muy pocas menciones y análisis sobre  América Latina –e incluso calificar despectivamente a Bolívar en al menos dos escritos- (6), lo cierto es que para los clásicos del marxismo, la condición previa necesaria para la elevación de los países atrasados, periféricos y/o dependientes con respecto a Europa, era “la victoria del proletariado de Europa Occidental sobre la burguesía, y el reemplazo de la producción capitalista por la producción socialmente dirigida que acompañará esa victoria” (7).

No obstante esas previsiones, la clase obrera europea (de Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica e incluso Italia, Portugal y España) se benefició de la explotación colonial primero y después de la explotación imperialista de las colonias y semicolonias africanas y latinoamericanas, aburguesándose. Esa explotación y la política imperialista impidieron nuestro desarrollo capitalista; y ni qué hablar del socialismo, que suponía, según los propios creadores del marxismo, un alto desarrollo de las fuerzas productivas y la superación de la escasez por la abundancia.

Ciertamente, la realidad latinoamericana se diferenció desde un principio de la realidad europea, conformando una situación digna de caracterización y análisis específico, es decir de un pensamiento crítico diferente –no servil ni dependiente sino original o propio- sin que ello significara dejar de atender los grandes aportes del pensamiento europeo en sus manifestaciones adaptables (no mecánicamente adoptables) a nuestra realidad.

Pero, si el pensamiento premarxista y marxista clásicos no tuvieron en cuenta la realidad latinoamericana (distante, periférica, sin entidad para el pensamiento europeo), resulta llamativo que el pensamiento europeo o norteamericano, tanto en sus versiones más conservadoras como progresistas (posmarxistas), se ocupen hoy de nosotros y de nuestros problemas. De hecho, no deberíamos confiar tanto en sus ideas, consignas y proposiciones, viniendo de donde vienen, originadas en una realidad que no es la nuestra y provenientes de centros geográficos de poder que nos mantienen sujetos a sus mandatos políticos, económicos y culturales, porque ello responde a su necesidad de supervivencia en las condiciones históricas de crisis actual del sistema capitalista internacional.

Touraine, Foucault, Bordieu, Eco, Sartori, Bobbio, Da Souza Santos no dejan de ser europeos solo por ser “democráticos” o “progresistas”, pues no debemos olvidar que, antes que nada, esos intelectuales han nacido, se han criado y formado en países imperialistas, que solo funcionalmente pueden estar interesados en nosotros. Por eso, debemos abrir los ojos, pues “la ceguera teórica actúa en un doble sentido: asimilando las sugerencias que son inadecuadas a la situación y dejando pasar desapercibidas las que con algún ajuste podrían producir resultados positivos” (8).

En ese sentido, tampoco se trata de adoptar visiones de un pasado irrepetible -propias de un mundo imposible de restaurar-, desde el momento que no son adaptables a una realidad que tiene 500 años más de historia, más allá de las injusticias anteriores y posteriores a la llegada de los españoles, pues, al contrario de lo que dice una canción muy difundida -“cinco siglos igual”-, ha corrido mucha agua debajo del puente (mestización genética y cultural, Independencia de España, guerras civiles, revoluciones nacionales del siglo XX, etc.) y el río de la historia ya no es el mismo; aparte de que, en la era del Imperialismo, existe de hecho una manipulación de las justas reivindicaciones nativas por parte de ese poder hegemónico que nos necesita divididos y dominados para seguir reinando.

Se cae en el grave error –sostiene Norberto Galasso- de borrar de un plumazo toda la historia argentina posterior a 1810, para privilegiar el estudio de los siglos XVII y XVIII, desconectando las luchas de hoy de las del pasado, donde las masas populares (indias, mestizas, blancas) protagonizaron la pelea contra el imperialismo, inglés primero y luego yanqui” (9), e “introduciendo antagonismos de clase de siglos atrás”, que al dividir en lugar de integrar, debilitan el frente antiimperialistaen una lucha racial sin destino –que confunde el enemigo principal-, en lugar de fortificarlo en la lucha social por una sociedad distinta” (10), según las necesidades concretas y prioritarias de toda la sociedad latinoamericana.

De allí la importancia que tiene la verdad nacional y colectiva (no sectorizada ni fragmentada en tantas etnias, sectores, Estados y subculturas como tiene la realidad latinoamericana), pues formular un análisis y un diagnóstico correcto de nuestra realidad material y espiritual de conjunto la cuestión nacional latinoamericana-, es el requisito imprescindible para alcanzar un futuro de bienestar para todos los latinoamericanos sin distinción, posibilidad hoy más que nunca en grave riesgo, como ya preveía el propio Simón Bolívar en sus cartas y proclamas.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

(1) Ferrero R. A. (2010). Enajenación y Nacionalización del Socialismo Latinoamericano. Córdoba: Alción Editora, pág. 9.

(2) Guerberof A. (1985). Izquierda colonial y Socialismo Criollo. Buenos Aires: Ediciones de Mar Dulce.

(3) Ferrero, Ob. Cit., pág. 20.

(4) Ídem, pág. 9.

(5) Intelligentzia: término de origen ruso -utilizado entre nosotros por Jauretche y Ramos, principalmente-, que designa a los intelectuales aislados y/o en contra de las necesidades, intereses y luchas populares, y que subestiman o denigran lo particular  y concreto (nacional) en nombre de lo universal y abstracto.

(6) Marx C. (1839). Carta a Engels (Revista Dialéctica Nº 5 Año I); Marx C. (1859). The New American.

(7) Ferrero, Ob. Cit., pág. 16.

(8) Ídem.

(9) Galasso N. (2011). Historia de la Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner, Tomo I (Trece tesis sobre Indigenismo del Centro de Izquierda Nacional “Felipe Varela”). Buenos Aires: Ediciones Colihue, pág. 520/522.

(10) Ídem.


Imagen de portada: Inaugurazione degli Stati Generali, 5 maggio 1789 (óleo en tela), de Louis-Charles-Auguste Couder (1789–1873). Fuente: Wikipedia