Los caudillos y la democracia

La historia argentina registra desde un principio dos tipos de democracia: la democracia de los caudillos o de las masas y la democracia de la elite. El autor rescata los fundamentos que en esa línea de pensamiento expone Juan Bautista Alberdi.

 

Por Elio Noé Salcedo*

“Hombre de Paraná” y de la Confederación Argentina, polemista nacional contra el Sarmiento elitista y cosmopolita, crítico sagaz de la historia mitrista, denunciante de la criminal guerra del Paraguay y precursor del revisionismo histórico, ese Alberdi realiza el primer estudio serio sobre la democracia y la representatividad de las mayorías en nuestro país.

Es a través de “Grandes y pequeños hombres del Plata” que el pensador provinciano nos permite revisar categorías históricas y sociales; entrever las consecuencias de ese relato ideológico contrario a los intereses nacionales y populares de ayer, de hoy y de siempre; descubrir la ligazón que ese relato tiene con el presente; y en última instancia, saber también cómo se ha escrito la historia.

En el capítulo XXX del libro citado (1), Alberdi plantea esta tesis: “Los caudillos son la democracia”, pero “como el producto no es agradable, los demócratas lo atribuyen a la democracia bárbara”. Esa es la razón, fundamenta, por la que “ellos admiten dos democracias, una bárbara, es decir, popular, indisciplinada, tumultuosa, como la condición del pueblo en todas partes; otra inteligente, es decir, anti popular, reglada, disciplinada”. Es curiosa la repetición de la historia, en el siglo XIX, en el siglo XX y en el siglo XXI: por una razón u otra, a esa clase de “demócratas” lo que les desagrada son los intereses nacionales y la voluntad popular que está detrás de los caudillos.

Para este Alberdi, “el caudillo supone la democracia, es decir, que no hay caudillo popular sino donde el pueblo es soberano”: “Es el jefe de las masas, elegido directamente por ellas, sin injerencia del poder oficial (judicial, administrativo o mediático), en virtud de la soberanía de que la revolución ha investido al pueblo todo, culto e inculto”. En definitiva, el caudillo “es el órgano y brazo inmediato del pueblo, en una palabra, el favorito de la democracia”.

 

Los caudillos latinoamericanos

Cabe aquí el juicio de David Peña en su obra reivindicativa de Juan Facundo Quiroga: “Nuestro país tuvo caudillos apenas se diseñó su sociabilidad, con vigorosos e interesantes contornos propios –“el rasgo más prominente de nuestra sociabilidad” (Fregeiro)-, no apreciados por los elegantes observadores de ‘ciudad’, que… no conocen otro factor engendrador de fenómenos sociales que la elite” (2).

Los primeros que dieron este título a los Bolívar, Carrera, Güemes, Aráoz, etc.”, refiere Alberdi, fueron los españoles. Para ellos, “el caudillaje americano era el  patriotismo, el americanismo, la revolución de la independencia”. Por eso resulta un torpe contrasentido que “los que se dicen partidarios de la democracia” denigren “el caudillaje que apareció en América con la democracia”.

Si el caudillaje era el patriotismo, el americanismo y la revolución de la independencia, quede claro quiénes eran la antipatria, el antiamericanismo, la contrarrevolución y la dependencia, en el pasado como en el presente. Por eso, sentencia el tucumano con razón, “llamar democracia bárbara a la del pueblo de las campañas de América rica, es calificar de bárbaro al pueblo americano”. Puede ser paradójico, pero esa es la realidad de los hechos y de la historia de los pueblos: “el caudillaje aparece en América en la democracia, se desenvuelve y marcha con ella”.

En efecto, los caudillos aparecen con la revolución americana. “Artigas, López, Güemes, Quiroga, Rosas, Peñaloza (y podríamos agregar a esa lista los caudillos populares del siglo XX y XXI), como jefes, como cabeza y autoridades, son obra del pueblo su personificación más espontánea y genuina”.

He aquí otra gran definición de Alberdi: es el pueblo el que crea a sus caudillos y a sus líderes y les transmite su programa (necesidades, intereses, objetivos) y no, como cree el “pensamiento inteligente”, que los caudillos y los líderes son los que usufructúan la soberanía del pueblo o lo manipulan demagógicamente.

Por el contrario, el caudillaje es la primera expresión del sistema de representatividad soberana de los pueblos, consagrado más tarde constitucionalmente. En cambio, el pensamiento mitrista –que se “disgusta de ver ese movimiento democrático” y realiza una calificación del voto-, está emparentado con el pensamiento sarmientino de “civilización o barbarie”, ambos elitistas y cuestionadores de la soberanía de las masas.

Recordemos que esa soberanía que ya disgustaba a Buenos Aires antes que existiera el sufragio universal, obligatorio y secreto, tenía el siguiente fundamento: “una lanza, un voto” (según el decir de Gabriel del Mazo). Lo cierto es que Buenos Aires calificaba a los que eligen a sus dirigentes en la campaña vestidos de chiripá, como parte de la democracia bárbara; y a los que los eligen en la ciudad vestidos de frac, como pertenecientes a la democracia inteligente.

 

Pueblo vs. antipueblo

Ahora bien, “que den ese título a la mayoría de un pueblo los que se dicen amigos del pueblo, republicanos o demócratas –cuestiona Alberdi-, es propio de gentes sin cabeza, de monarquistas sin saberlo, de verdaderos enemigos de la democracia”.

“¿Cuál es ésta?”, se pregunta Alberdi, refiriéndose a lo que esos demócratas entienden por democracia bárbara. No es otra que “la democracia del pueblo más numeroso y menos instruido y rico, antítesis de la democracia del ejército de línea y del pueblo instruido y rico, que es minoría en América más que en Europa”.

Por lo tanto, concluye Alberdi, con criterio por demás lógico e inapelable, “los caudillos son los representantes más naturales de la democracia de Sud América como ella es pobre, atrasada, indigente”. No obstante, argumenta, “ellos quieren reemplazar los caudillos de poncho por los caudillos de frac; la democracia semibárbara, que despedaza las constituciones a latigazos, por la democracia semi-civilizada, que despedaza las constituciones con cañones rayados… para reconstruirlas más bonitas; la democracia de las multitudes de las campañas, por la democracia del pueblo notable y decente de las ciudades; es decir, las mayorías por las minorías populares; la democracia que es democracia, por la democracia que es oligarquía”.

Esperar que esa forma deje de tener por resultado la elección de jefes del gusto y del estilo de la monarquía popular, que en ninguna parte es culta -observa Alberdi con agudeza- es pedir milagros e imposibles a la naturaleza regular de las cosas”. “¿Cómo suprimir los caudillos sin suprimir la democracia en que tiene origen y causa?”. Pues “esta es toda la gran cuestión del gobierno en América”, concluye el tucumano.

Entonces, “pedir que la parte inculta del pueblo, que es tan soberana, como la culta, se dé por jefes hombres de un mérito que ella no comprende ni conoce, es una insensatez absoluta”, ya que “querer la libertad, desearla, buscarla hacer sacrificios para obtenerla, y obstinarse al mismo tiempo en buscarla por el camino que en cincuenta años no ha servido sino para alejarnos de ella (es decir, en contra de la Nación y de las masas populares), es hacer sospechoso el buen sentido o la sinceridad del pretendido amor a la libertad”. Las experiencias del ’30, ’55, ’76 y 2015 sobre la “libertad” son aleccionadoras al respecto.

No habría que olvidar, finalmente, que la revolución democrática de los países europeos más avanzados fue a consecuencia de la revolución nacional y social que experimentaron con el paso del  feudalismo al capitalismo industrial, más allá de sus formas republicanas o monárquicas. Fue su desarrollo industrial lo que les permitió acceder a una democracia plena a nivel no solo representativo sino también económico y social (pleno empleo, alto consumo y bienestar).

De allí la diferencia entre un modelo primario agro-exportador importador de manufacturas y dependiente del mercado externo, o lisa y llanamente de especulación financiera, y la de un modelo industrial, con plena ocupación, autonomía y desarrollo del mercado interno, ya que no puede haber revolución democrática verdadera y profunda sin ser dueños del propio destino nacional y sin  democratizar la economía y la propia sociedad.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

(1) J. B. Alberdi (2007). Grandes y pequeños hombres del Plata. Buenos Aires: Editorial Punto de Encuentro, pág. 129 a 139.

(2) D. Peña (1986). Juan Facundo Quiroga. Buenos Aires: Hyspamérica Ediciones Argentinas S.A., pág. 36.