El pensamiento martiano

“Ni el libro europeo ni el libro yanqui dan la clave del enigma hispanoamericano…”, señala José Martí, cuyo pensamiento es abordado en esta reflexión.

 

Por Elio Noé Salcedo*

Unión, unidad, confederación no eran solo palabras del diccionario español, sino el propósito probado de todo el continente latinoamericano una vez que se hubo desatado el proceso de emancipación de España.

En el recuento de voluntades no deberemos dejar a un lado de ese fenómeno independentista y unificador a la hoy tan castigada Haití, pues ese pedazo de Nuestra América fue el primero en proclamar su Independencia de Francia, sin dejar nunca de plegarse a todos los intentos unionistas de los Libertadores americanos. Haití acogió a Bolívar (diciembre de 1815 y septiembre de 1818 nuevamente) antes de sus expediciones libertadoras a suelo suramericano.

Dicho propósito de unidad estaría presente desde el Río de la Plata hasta Puerto Rico y Cuba, la última en independizarse de España, como lo acredita con su inmolación su máximo héroe independentista. En efecto, José Martí (1853 – 1895), el gran impulsor de la independencia cubana, comulgaba con el mismo pensamiento americanista de los demás Libertadores. A él le debemos la expresión Nuestra América, expresión rescatada de la ruina de nuestra unidad, malograda ya en la primera mitad del siglo XIX.

El gran político, poeta y pensador, muerto en combate por la independencia de su patria chica (1895), dejaba escrito: “En América hay dos pueblos y no más que dos, de alma muy diversa por los orígenes, antecedentes y costumbres y solo semejantes en la identidad fundamental humana. De un lado está Nuestra América, y todos sus pueblos son de una naturaleza de cuna parecida o igual e igual mezcla imperante (la América indo-íbero-africana); de la otra parte está la América que no es nuestra… (América anglosajona)” (1).

En su pensamiento fundacional descolonizado y por lo mismo naturalmente latinoamericanista –como el de todo nuestros Libertadores-, Martí planteaba una de las claves para luchar con éxito contra los imperios que, no habiendo vencido por las armas, ahora nos dominan a través de la economía, las finanzas y la cultura importada.

La universidad europea –expresaba el héroe cubano- ha de ceder a la universidad americana. La historia de América ha de enseñarse al dedillo aunque no se enseñe la de los arcones de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesario. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas… Ni el libro europeo ni el libro yanqui dan la clave del enigma hispanoamericano…” (2). Deberían saberlo los universitarios, académicos y economistas del siglo XXI.

Anticipándose a la acción armada del vecino del Norte en Centro América, Panamá y el Caribe, y a la acción diplomática, económica y político-militar (golpes de Estado) en el resto de América Criolla, el profeta cubano advertía en 1891: “El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de Nuestra América y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos” (3).

Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos se pelean los devoran los de afuera” había dicho en 1872 José Hernández. “Una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante”, era la advertencia de José Martí (4). Ese es el espíritu de la cuestión fundamental sin resolver, que recorre toda nuestra historia independiente y todo el continente latinoamericano y el Caribe: la cuestión nacional latinoamericana, cuestión que encierra nuestro mayor drama histórico y la clave de nuestro porvenir.

Ciertamente, la unión es nuestra fuerza, pero ya no es suficiente con no pelearse. Nuestra autoestima y autoafirmación efectiva resulta un requisito esencial de nuestra identidad común fundacional. No nos pueden respetar si no nos respetamos. No nos pueden conocer si no nos conocemos. No nos sacarán las manos de encima hasta hacerles conocer el verdadero rostro, fortaleza y grandeza de Nuestra América unida

Como señalara Jorge Abelardo Ramos en una de sus obras fundamentales, “América Latina no se encuentra dividida porque es “subdesarrollada” sino que es “subdesarrollada” porque está dividida” (5). “¡Que cesen los partidos y se consolide la Unión! ¡Todos debéis trabajar para el bien inestimable de la Unión!”, reclamaba la última proclama de Simón Bolívar (6).

Unir las partes de la patria disgregada, ese es el mandato sagrado de nuestra cuna y destino común como Nación. Esa es la clave de nuestro destino soberano y bienestar asegurado.

Queda para nosotros, la generación del siglo XXI, el tercero y definitivo descubrimiento de América, acción que implica descubrir su verdadera historia y naturaleza histórica, después de varios siglos de traumática y compleja gestación. Ello impone a su vez descubrirnos a nosotros mismos como una nueva raza y civilización, como también lo intuía el mexicano José Vasconcelos a comienzos del siglo XX (7).

Ese es nuestro mandato actual después de 200 años de lograr la independencia política de España, lograda por aquellos que tenían en común “un origen, una lengua, unas costumbres y una religión”, y que debían, por consiguiente, “tener un solo Gobierno que confederase los diferentes Estados que hayan de formarse”, es decir, “una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo”, según el  profético y esclarecido pensamiento bolivariano (8).

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

1- Galasso (2008). América Latina. Unidos o Dominados, pág. 75 a 81 (De José Martí. Nuestra América, 1891).

2- Ídem.

3- Ídem.

4- Ídem.

5- A. Ramos (2006). Revolución y Contrarrevolución en la Argentina. Las Masas y las Lanzas (1810-1862), Tomo I, pág. 15.

6- Bolívar (1830). Última Proclama. Hacienda de San Pedro en Santa Marta.

7- Vasconcelos (1926). La raza cósmica.

8- Bolívar (1815). Carta de Jamaica.


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