El camino del pensamiento propio

Arturo Jauretche, que no tuvo oportunidad de pensar desde la Universidad, denunciaba la conducta anticientífica practicada por los cientistas sociales de su generación.

Por Elio Noé Salcedo*

Como hemos dicho ya, la palabra método viene del griego y significa camino: “el camino a seguir”, los pasos a dar para realizar o conseguir una cosa, el procedimiento adecuado para llegar a algún lado; en nuestro caso, a la verdad y/o conocimiento de la realidad y de la verdad nacional.

Si teoría es en principio el resultado de la observación, el método resulta en definitiva la manera de observar: el lugar desde donde observamos, los anteojos o prismáticos que usamos para ver mejor (más cerca o más lejos), y en definitiva el “punto de vista” que adoptamos para observar la realidad, ya que no es lo mismo mirar las cosas desde París que mirarlas desde la Argentina o Bolivia. El método resulta de alguna manera también una  filosofía del pensar científico.

Arturo Jauretche, que no tuvo oportunidad de pensar desde la Universidad (porque en su época, la Universidad no estaba para pensar lo nacional, y porque pensar en nacional era contrario a un “pensamiento académico”), denunciaba la conducta anticientífica practicada por los cientistas sociales de su generación, “que en lugar de ir del hecho a la ley, van de la ley al hecho” (1). Absurdo si los hay, ya que el método de la ciencia requiere partir de la realidad observable, para extraer de su comportamiento las leyes que la determinan, es decir: del hecho a la ley general (inducción), y no partiendo de supuestos descubiertos en otros lugares y en otros momentos, para deducir como debería comportarse nuestra realidad.

En ese sentido, sucede como planteaba Manuel Ortiz Pereyra en “La tercera emancipación” (obra fundante de la sociología latinoamericana): el intelectual, el académico, el investigador, o el hombre común, ve la realidad a través del mundo propio de su conciencia social, formada ésta “por contacto con el mundo externo inmediato”, y “por sedimentación o por conjugación de conceptos y sugestiones que penetran en su cerebro y éste asimila sin la menor sospecha de la conciencia” (2). Ortiz Pereyra hablaba de la ideología del observador.

De alguna manera, como dice Juan Carlos Neyra en el prólogo a “Los Profetas del Odio” de Arturo Jauretche, “toda nuestra historia reproduce el mismo enfrentamiento entre la ideología y el hecho” (3). Había una flagrante contradicción en ese “abstracto principismo desconectado del hombre, del pueblo, del país” (  ).

De lo que se trataba y se trata, es de “ir aprendiendo la verdad, según nosotros y para nosotros”, partiendo de las “conjeturas fundadas en la propia observación y en la experiencia propia o de mis paisanos” (4).

 

El camino del método propio

Respecto a la investigación de los hechos pasados, “cuyo rumor no se ha apagado”, don Arturo proponía igualmente un genuino método científico: “recostarse con el oído pegado a la tierra en que nacimos y oír el pulso de la historia como un galope a la distancia” (5). Por supuesto, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Ese es uno de los problemas al que nos enfrentamos. El otro es solo tener oído para lo “universal” pero nunca para lo “nacional”, cuando lo universal se compone de tantas instancias nacionales como hay en el universo.

Debemos entender entonces, como también explicaba magistralmente Jauretche, que “bajo la apariencia de los valores universales se siguen introduciendo como tales los valores relativos correspondientes sólo a un momento histórico o lugar geográfico, cuya apariencia de universalidad surge exclusivamente del poder de expansión universal que les dan los centros de poder donde nacen, con la irradiación que surge de su carácter metropolitano. Tomar como absolutos  esos valores relativos es un defecto que está en la génesis de nuestra “intelligentzia” y de allí su colonialismo” (6).

Para decirlo con palabras de otro pensador nacional –Fermín Chávez-, esa tarea de nacionalización del pensamiento “presupone la construcción y el uso de un instrumento adecuado; necesitamos, pues, de una nueva ciencia del pensar, esto es, una epistemología propia (7).

Si bien puede resultar casi una apostasía en la universidad laica (aunque paradójicamente toda nuestra cultura latinoamericana está impregnada de religiosidad: la de la sociedad teocrática de nuestros ancestros indígenas y la de la sociedad filocristiana poscolombina), me atreveré a citar a San Agustín (su pensamiento filosófico forma parte también de la cultura universal) cuando dice: “No se puede amar lo que no se conoce” (8). De allí la necesidad de conocer y comprender lo propio para después amarlo. De no ser así, nuestro amor universal y abstracto, como advertía Jauretche, podría hacer olvidar o despreciar “el amor por la humanidad, por la libertad, por la democracia, por la justicia del hombre concreto de carne y hueso que constituye el contenido humano del país” (9).

Temed la dureza de corazón de los hombres cultos”, decía Mahatma Gandhi, y el precepto sigue teniendo vigencia, porque si bien la era de los trasplantes de corazón ha significado un avance superlativo, hay algo que no se puede suplantar ni trasplantar: la pasión por la verdad; y como decía un reconocido profesor de comunicación allá por los años 80-90, “las pasiones no se inventan: o surgen de lo hondo o nos comprometen desde los huesos, o uno termina por seguir una rutina capaz de matar cualquier impulso” (10).

En eso de hacernos conocer y transmitir amor hacia lo propio, la Educación Pública, y la Universidad en particular, tienen mucha responsabilidad, ya que la universalidad bien entendida comienza por casa.

Pinta tu aldea y pintarás el universo”, decía el escritor ruso León Tolstoi. Pero para no ir tan lejos y darnos cuenta de que en definitiva nunca podremos zafar de nosotros mismos (a no ser que estemos realmente enajenados mental, intelectual o ideológicamente), “cuanto más de su país es uno, más es de los países todos”. Y esto lo decía un escritor nuestro: el santiagueño Ricardo Rojas.

 

*Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

(1) A. Jauretche (1957). Los Profetas del Odio y la yapa (La colonización pedagógica). Buenos Aires: A. Peña Lillo SRL, pág. 32.

(2) M. Ortiz Pereyra (1926). La tercera emancipación. J. Lajouane & Cía. editores, Buenos Aires.

(3) Jauretche, Ob. Cit., pág. 11.

(4) Ídem, pág. 32.

(5) Ídem.

(6) Ídem, pág. 146.

(7) Fermín Chávez (2012). Epistemología para la periferia. Buenos Aires: Ediciones de la UNLA.

(8) S. Agustín, Confesiones I, 1.

(9) Jauretche, Ob. Cit., pág. 164.

(10) D. Prieto Castillo (1994). La pasión por el discurso, carta a estudiantes de comunicación. México: Editorial Coyoacán, pág. 28.