La batalla intelectual: observaciones y caminos

Una reflexión sobre teoría y método desde el punto de vista de los intereses y necesidades de nuestra sociedad, que apunta a encontrar un camino científico propio.

 

“Hay hombres que de su ciencia / tienen la cabeza llena /
hay hombres de todas menas / mas digo sin ser muy ducho /
es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas”
Martín Fierro
Por Elio Noé Salcedo*

La palabra teoría tiene su origen en el vocablo griego “theorein”, que significa “observar”. De ello resulta la función del intelectual, observador por excelencia. No obstante, como bien decía Manuel Ortiz Pereyra en La tercera Emancipación, “la verdad” resulta del “punto de vista del sujeto” (1). De allí la necesidad de que el intelectual latinoamericano aprenda a observar la realidad desde el punto de vista de los intereses y necesidades de su propio pueblo y de su propia Nación, es decir desde el punto de vista del hombre y la mujer del lugar y desde la misma geografía  de los hechos y fenómenos.

Hacerlo a partir de las teorías, observaciones o miradas de otras geografías, resulta en sí mismo un despropósito y nos convierte en meros repetidores de otros observadores y de otras miradas realizadas en otras dimensiones y en otros escenarios. Y si para obtener una teoría se requiere un método, palabra que en griego significa camino, no quedan dudas de que el camino a recorrer no es otro que el camino como testigos de una realidad que nos concierne y nos incluye, y no como meros espectadores a la vera del camino, que repiten observaciones que otros observadores han realizado en otros caminos, muy importantes, pero diferentes a los nuestros.

De ser así, nos convertiríamos en “caminantes” de ese mapa del que habla Gustavo Cangiano en “Cartógrafos y caminantes en las Ciencias Sociales” (2), dependientes en todo de lo que pergeñan los “cartógrafos” de otras latitudes, o sea inservibles o inútiles a los fines de encontrar nuestra verdad nacional. De allí que una teoría nacional requiera de observadores nacionales, plantados en su propia realidad y autores de sus propias teorías, presupuestos y categorías, como hicieron las potencias mundiales en sus inicios.

Si tuviéramos que resumir entonces cuál es el papel, el rol, la función, que debe cumplir la Inteligencia en un país en construcción, podríamos decir que es encontrar la verdad nacional (la teoría o mirada nacional), recorriendo los caminos de la propia realidad como testigos, desde el mismo camino que transitan nuestros compatriotas (aunque nos llenemos muchas veces  de polvo o de barro). Solo allí podremos encontrar la verdad nacional que represente a todos los que transitan esos caminos, es decir el conjunto de la Nación.

Pero no se puede cumplir ese objetivo, si nos negamos a observar (a pensar); si nos negamos a observar y caminar el propio camino (a pensar desde nosotros mismos y sobre nosotros mismos); y si lo hacemos desde teorías y paradigmas extraños a los nuestros, que no surgen de la propia observación y del testimonio del propio camino.

Aunque no estamos solos. El camino de la verdad nacional viene siendo transitado por muchos pensadores (observadores) nacionales, cuya tarea, a falta de un espacio en las universidades nacionales (a contramano de los movimientos nacionales y populares durante gran parte del siglo XX), debieron hacerlo desde afuera de la Universidad.

 

Con nosotros o contra nosotros mismos

El no pensar por nosotros y en nosotros mismos como Nación, tal vez sea, como dice Enrique Lacolla, “la expresión de una especie de suicidio colectivo que está consumando esta sociedad por vía de su negativa a pensar” (3) en clave nacional. Si la Universidad debe enseñar a pensar, lógicamente no puede hacerlo en contra de la propia sociedad y con indiferencia (asepsia o puritanismo intelectual) hacia su destino colectivo, sino todo lo contrario: a favor de sus integrantes y de la Nación misma.

Tal vez debamos saber que “la desestructuración de nuestra sociedad y su incapacidad para darse una forma acorde a sus intereses, es el resultado, sino de planes explícitos, sí de tendencias y orientaciones impuestas desde el mundo avanzado, que contemplan centralmente su propio interés y el rol auxiliar que este país –y tantos otros- deben jugar en ese concierto” (4).

Y si vemos que el efecto de esa dependencia cultural e intelectual se acentúa en estos momentos, debemos colegir sin eufemismos, y llamando a las cosas por su nombre, que ello es como “consecuencia del fortalecimiento global del imperialismo y de la ineptitud que nuestras clases dirigentes han tenido para plantearse un desarrollo sostenido, fundado y proyectado de acuerdo a una concepción geopolítica adecuada” (5), transdisciplina la geopolítica que explica muchos de los fenómenos que nos afectan.

Como bien dice Lacolla, “si no se piensa el mundo a partir de sí mismo es imposible comenzar a aprehenderlo comprensivamente”, porque “la consecuencia de una visión excéntrica de las cosas es la alienación de la realidad (6).

Para decirlo con palabras de un personaje de Manuel Gálvez: “En nosotros los argentinos hay un conflicto, un grave conflicto, entre nuestra idiosincrasia de europeos (lo que creemos ser) y la tierra en que hemos nacido y vivimos” (7): estamos alienados, fuera de la realidad. De ello surge la falsa conciencia o ideología de la dependencia.

Los que viven dentro de esa alienación piensan que el goce de los derechos elementales de sus demás compatriotas es una ficción, y tampoco les interesa debatir ideas ni modelos de país en tanto están cómodos en el goce de sus privilegios o de sus verdades asépticas. Por el contrario, “la expresión y defensa de las ideas exige una claridad, una comprensión, una interna pasión intelectual que no tienen” (8), sencillamente porque la pasión deviene del arraigo o del trágico desarraigo, pero nunca de la indiferencia hacia lo que nos rodea y hacia quienes transitan el mismo camino, aunque vengan en contramano.

En definitiva se trata de que nuestra Inteligencia se decida a asumir su deber, que es “pensar el país, reflexionarlo sobre las raíces de una problemática nacional que mezcle los datos puntuales del pasado con un presente del que depende su futuro” (9), el futuro de todos.

 

*Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericano.

Notas

(1) M. Ortiz Pereyra (1926). La tercera emancipación.

(2) G. Cangiano (2010). Cartógrafos y caminantes en las ciencias sociales. Córdoba: Ediciones del CEPEN.

(3) E. Lacolla (1998). Reflexiones sobre la Identidad Nacional. Ediciones de “Córdoba en América Latina”, pág. 10.

(4) Ídem, pág. 11.

(5) Ídem.

(6) Ídem, pág. 15.

(7) M. Gálvez (1994). Hombres en soledad. El Uno y la Multitud. Colección Identidad Nacional. Secretaría de Cultura de la Nación y Editorial El Ateneo.

(8) Lacolla, Ob. Cit., pág. 38.

(9) Ídem, pág. 40.

 


Imagen: Universidad de Alcalá. www.uah.es