Crisis de identidad

Universidad e Identidad

En un país a medio camino de su realización como tal y sin una identidad de conjunto que defina su derrotero nacional, resulta necesario reflexionar sobre ello y coadyuvar en la búsqueda de esa identidad, en pos de nuestra definitiva realización como Nación, como sociedad y como personas.

 

Crisis de identidad

 

Por Elio Noé Salcedo*

A la luz de la realidad que vivimos día a día en la Argentina y en gran parte de Nuestra América –avances y retrocesos cíclicos-, nos proponemos comenzar a excavar (y escarbar) en nuestro pasado y presente, con la intención de encontrar las causas de esa realidad que a nivel de conciencia o inconsciente divide a la sociedad argentina y latinoamericana casi en dos mitades (¿la grieta?), y que en el fondo –creemos- no es sino la representación de dos proyectos políticos, económicos, sociales y culturales antinómicos, antagónicos y excluyentes, cuya contradicción no ha sido resuelta ni muchos menos superada.

Como señalábamos en dos libros casi marginales de 2007 (1) respecto al sobrevivido modelo neoliberal de los ’90, dicho modelo “pudo haber caído en términos políticos” en 2003, pero nunca terminó de hacerlo “como modelo representacional” prácticamente bicentenario, pues “sobre ese modelo representacional se erige una cultura” (2). Y si aceptamos que cultura “es lo que queda después de haber aprendido y olvidado todo”, en tal caso estamos ante un fenómeno inconsciente, y, como se sabe, lo inconsciente pervive mucho más allá (por mucho más tiempo) que las expresiones de la conciencia (3). Ambas instancias reflejan a su vez las relaciones políticas, económicas, sociales y culturales dependientes y ambiguas, propias de nuestra condición de país semi-colonial.

Aunque resulte duro traerlo a nuestra memoria –pero de eso se trata, de explorar sin concesiones en nuestra memoria histórica-, tanto San Martín (en carta a Bernardo O’Higgins de febrero de 1829) como Facundo Quiroga (en carta al Gral. José María Paz del 10 de enero de 1830), pensaban que la solución a nuestros graves problemas y divisiones no se solucionaría hasta resolver esa antinomia (4) que, para no ir más lejos, el país hoy más desarrollado del mundo -Estados Unidos de Norteamérica- resolvió drásticamente en el siglo XIX, a través de una cruenta guerra civil (Guerra de Secesión) que permitió imponerse al modelo nacional industrialista sobre el modelo agro-exportador pro inglés.

 

La falta de identidad

A nivel intelectual –entendemos- se trata de un fenómeno de falta de identidad, que nos impide ser y realizarnos como personas y como Nación. Y estamos convencidos de que nadie puede realizarse como persona –tampoco como institución- en una comunidad y en un país que no se realice. Ello es tan cierto como que ningún país puede realizarse en un Continente que no se realice (5). Por supuesto hablamos de nuestro continente-nación, es decir de América Latina y el Caribe. En ese sentido, como bien dice Enrique Lacolla en “Reflexiones sobre la Identidad Nacional”, toda Nuestra Américarequiere de una conciencia de sí misma que le dé seguridad en sus propios actos” (6).

Al parecer, “los argentinos hemos sido amigos de la simplificación excesiva; partícipes de una comunidad compleja, parecería que quisiéramos abolir esa complicación por decreto” o por negación u ocultamiento (7). Sin solución de continuidad en la resolución de nuestras profundas contradicciones, “nuestra historia y nuestro presente están recorridos por la pasión de la dicotomía, de las antinomias en estado bruto: izquierda contra derecha, nacionalistas contra liberales, laicos contra católicos, civiles contra militares; todos como obedeciendo inconscientemente al mandato del apotegma sarmientino: civilización o barbarie” (8).

La necesidad de saber quiénes somos, resulta importante porque “seremos lo que debemos ser o no seremos nada” (como nos señalaba el Gral. San Martín), pero también porque para ser y crecer resulta necesario pensar el mundo desde nosotros mismos –como lo hicieron a su tiempo los grandes países del mundo-, y no lo podremos hacer desde ese particular y original punto de vista –el propio- sin haber definido nuestra identidad y nuestra visión como nación.

La memoria histórica –la memoria de nosotros mismos, de nuestras contradicciones, de nuestros fracasos y de nuestros éxitos- es una condición de nuestra identidad, y ambas –memoria e identidad-, son condiciones además de nuestra conciencia política. Y ello supone una visión del mundo desde nuestra propia perspectiva nacional y latinoamericana (nuestro marco macro-nacional).

En definitiva, tener una identidad y una visión nacional –saber quiénes somos, adónde estamos, adónde vamos y adónde queremos llegar-, es un requisito para la acción política y la implementación de un proyecto que nos permita realizarnos como personas, como instituciones y como Nación, más allá de nuestras diferencias secundarias, circunstanciales y/o coyunturales.

 

Causa y efecto

La Argentina –como la mayoría sino todos los países de América Latina (dividida)- carece en conjunto de esa visión nacional. Como carece de una visión nacional (de conjunto), no tiene una visión global (del mundo) desde su propia perspectiva. A falta de una visión del mundo propia, tiende a adoptar la visión global de las naciones que dominan el mundo. Y como la visión global de los países hegemónicos es una extensión o correlato de su visión nacional particular, ergo, la Argentina -y América Latina (gran parte de los argentinos y latinoamericanos) adopta en definitiva la visión nacional de los países dominantes, lo que implica una aberrante y flagrante traición al espíritu de existencia nacional o, lo que es lo mismo, lisa y llanamente la negación de sí misma como país, como sociedad y como parte de una Nación continental todavía en construcción: la Patria Grande (9).

Para decirlo con palabras del propio Lacolla, “nuestra situación dependiente y la peculiarísima mixtura de extrañamiento y pertenencia a Europa que presidió nuestros orígenes (e impide asumirnos como dueños de nuestro propio destino), se prolonga hasta hoy y requiere de una predisposición sintetizadora” (10). Eso supone la resolución, a favor de nosotros y de lo mejor de nosotros, de nuestro ya bicentenario dilema: ser o no ser nosotros mismos. Y ello exige la superación de nuestra crisis de identidad, como requisito de nuestro desarrollo y realización integral como Nación. La Universidad, como parte de esa sociedad en crisis y en tanto formadora de conciencia, puede y debe ser clave en la consecución de ese objetivo.

 

* Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana.

Notas

1- N. Salcedo – R. A. Caballero (2007), “El General ausente”, y E. N. Salcedo (2007), “La Edad Mediocre” (Edición propia), dos libros dedicados a cuestionar los efectos políticos, económicos, sociales y culturales de los últimos 25 años del siglo XX.

2- Ana Wortman: “Modelo representacional” (2005).

3- N. Salcedo, Ob. Cit., pág. 9.

4- Videla (1962). Historia de San Juan, Tomo IV, pág. 49. Academia del Plata. UCC (San Juan).

5- D. Perón. Discurso ante la Asamblea Legislativa en la iniciación del 99º período ordinario de sesiones del Congreso Nacional, 1974.

6- Lacolla (1998). Reflexiones sobre la Identidad Nacional. Ediciones de “Córdoba en América Latina”, pág. 25.

7- Ídem, pág. 7.

8- Ídem.

9- Salcedo y R. Caballero, Ob. Cit., pág. 50.

10- Lacolla, Ob. Cit., pág. 8.