La Reforma y el ‘45

En octubre de 1945 se levanta la clausura a las Universidades; dos días después, en medio de los festejos triunfales del reformismo, entraba en escena un actor insospechado: las masas trabajadoras.

 

Por Elio Noé Salcedo*

Sin duda, el año 45 divide la historia del siglo XX en dos mitades y resulta una bisagra en la lucha por un país mejor. El protagonismo de la clase trabajadora caracteriza esta etapa. En esas circunstancias, ¿cuál fue el papel del movimiento estudiantil y del reformismo?

Si bien la primera etapa del movimiento militar del 43 se enfrentó de plano con la dirigencia y la masa reformista, el golpe de timón que aplicó el coronel Perón y su aliado Edelmiro Farrel a partir del 1º de marzo de 1944, aparte de desconcertar a los aliados de la primera hora (el nacionalismo aristocrático), le imprimió a la gestión política una decidida orientación social y antioligárquica.

No obstante, a tal punto había llegado el enfrentamiento con el estudiantado, que en un intento por “llegar a una conciliación con el demos universitario movilizado en su contra del modo más activo”, el 28 de agosto de 1945 Perón les hablaba por radio a los estudiantes reformistas de todo el país (1).

En esa alocución el Coronel les recordaba algunas verdades que parecían haber olvidado, como la época en que “en levadura de fraude, violencia y vejámenes a la ciudadanía, todo se compraba y vendía, hasta la Patria misma”. Asimismo Perón le reconocía al movimiento reformista que las intervenciones a las universidades habían permitido restaurar a “los lastimados por vuestras propias conquistas” y formalizar “una Universidad intransigentemente medieval”. Es más, el mismo gobierno –reconocía el prominente funcionario- se había visto obligado a desmontar esa política retrógrada, devolviendo “la autonomía a la universidad mediante elecciones absolutamente libres”. Finalmente, Perón prometía en aquel mensaje “el voto estudiantil para actuar en la integración de las ternas de profesores” (2).

Era un buen intento. Pero sensibilizado por la represión y atropellos de los que había sido objeto en la etapa clerical-fascista por parte del régimen militar del 4 de junio de 1943, el movimiento estudiantil fue impermeable a cualquier llamado a la conciliación. Cuando el 9 de octubre de 1945, el Coronel Juan Perón fue obligado a renunciar a todos sus cargos y era encarcelado en Martín García -como había sido antes Hipólito Yrigoyen y lo sería después Arturo Frondizi por las mismas causas y por las mismas fuerzas sociales-, la clase media del país entero, y especialmente el estudiantado, festejó ruidosamente su alejamiento de la vida política argentina.

Sin embargo, advierte Ferrero, la amplia posición unionista (dispuesta a alinearse en la Unión Democrática) “no era compartida por la totalidad de la masa reformista, en cuyo seno no podían sino reflejarse las contradicciones que fisuraban al frente antiperonista. Porque, en efecto, al lado de los partidos más entusiastas por la unidad irrestricta, como el PC, PS, PDP y el ala “unionista” del radicalismo, se perfilaban las objeciones de la Intransigencia radical, cuyos dirigentes (Sabattini y Del Castillo en Córdoba y Frondizi y Balbín en Buenos Aires) sentían cierta renuencia por alinearse con los grupos conservadores que durante tres lustros habían excluido al pueblo del comicio mediante el fraude más escandaloso” (3).

 

Sabattini y la disyuntiva del 45

Hay algo que pudo cambiar el comienzo de esta historia y tal vez su desarrollo y resolución. Aparte de la equidistancia de Amadeo Sabattini respecto al gobierno de 1943 y de la oposición “democrática” (que pedía la expulsión del partido del caudillo yrigoyenista del Interior), es prácticamente desconocida la oportunidad histórica que tuvo el cordobés cuando -desplazado ya Perón por sus colegas, y preso éste en Martín García, el General Ávalos -triunfador del 9 de octubre- llamó a Buenos Aires a Sabattini para ofrecerle el gobierno (4), ante la postura contraria de la Marina y de los partidos de la oposición que exigían entregarle el poder a la Corte Suprema.

De esas negociaciones formó parte hasta el mismo Arturo Jauretche, a quien Sabattini en algún momento le contestó: “Tiene razón. Hay que tomar el poder”. Pero después de algunas presiones partidarias, Sabattini le comunicaba a Jauretche: “El Comité ha resuelto que se entregue el poder a la Corte, y yo lo acato”. Entonces el agudo Jauretche  le manifestaría: “Ya no hay otra alternativa para el país que Perón o la oligarquía. Hemos jugado a la vieja política la última carta que era usted” (5).

El 15 de octubre de 1945, el Presidente Farrel levanta la clausura a las Universidades y repone a sus autoridades legítimas. Paradójicamente, en medio de los festejos triunfales del reformismo por la recuperación de las Universidades, dos días después entraba en escena un actor que hasta ahora no había sido tenido en cuenta: las masas trabajadoras.

Brotaron el 17 de octubre de las profundidades de la sociedad argentina para sentir el peso multitudinario de su opinión no solicitada –refiere el historiador-, y en veinticuatro horas rescataron a Perón de las manos de la oligarquía, hicieron añicos las más sofisticadas y trabajosas combinaciones políticas y anularon la influencia nacional de Sabattini” (6).

En efecto, el 17 de octubre, en magnífica y pacífica insurrección, los trabajadores movilizados por Mercante, Reyes y Eva Perón marcharon hacia Plaza de Mayo a rescatar a su líder, y una vez liberado lo catapultaron como candidato popular a la Presidencia de la Nación para las elecciones del 24 de febrero de 1946 (7).

Sabattini quedó fuera de la contienda electoral, aun cuando había sido explorada por parte del peronismo la fórmula Perón-Sabattini, desechada por el cordobés. En la Convención Nacional del radicalismo, que proclamó la fórmula Tamborini-Mosca para febrero del ‘46, el fetichismo de la “unidad partidaria” dejaría entrampados a los que todavía seguían inspirados por el gran ausente de 1916 dentro de aquel gran movimiento popular.

En aquella Convención, el viejo reformista intransigente Antonio Sobral cuestionaba la Unión Democrática manifestando que la Intransigencia no podía apoyar “la unidad con quienes fueron autores del despojo del radicalismo, ni con los enemigos en las tribunas y en el parlamento” pues “el radicalismo ha estado siempre frente a los partidos que hoy levantan la bandera de la unidad. No podemos estar con ningún partido extraño a la Constitución, ni podemos estar tampoco con esas fuerzas del capitalismo imperialista donde se apoyan y se articulan unas cuantas fuerzas llamadas de la Unidad Democrática” (8).

Sin embargo, al poner el carro partidista delante del caballo de los intereses nacionales, la intransigencia –en minoría- aceptó la resolución de los “unionistas” y “antipersonalistas”, olvidando que hasta el mismo Yrigoyen los había enfrentado y derrotado en las elecciones de 1928. Como había dicho el viejo caudillo nacional, fiel a su principio de que se rompa pero no se doble: había que empezar de nuevo (9).

*Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana de la UNSJ y de la UNVM.

 

Notas

1- A. Ferrero (2005). Historia Crítica del Movimiento Estudiantil de Córdoba. Tomo II (1943-1955). Córdoba: Alción Editora, pág. 45.

2- Ídem, pág. 46.

3-Discurso del Coronel Juan D. Perón del 28 de agosto de 1945, citado por Félix Luna en “El 45” (1969). Buenos Aires: Editorial Jorge Álvarez, pág. 222/223.

4-Dice Miguel Ángel Senna: “Convertido en el hombre de la hora, hacia él (Sabattini) se volvieron el ejército para salvar la revolución, los intransigentes para salvar el radicalismo y muchos partidarios de Perón para salvar la política nacional y social que el coronel representaba”. Forja, una aventura argentina (De Yrigoyen a Perón)” (1972). Tomo II. Ediciones La Bastilla, pág. 634.

5-Ídem, pág. 637.

6-A. Ferrero (1981). Sabattini y la decadencia del yrigoyenismo. Buenos Aires: Ediciones de Mar Dulce, pág. 155.

7-Ferrero, Ob. Cit., pág. 51.

8-La Voz del Interior, Córdoba 30 de diciembre de 1945, citado por Luis González Estévez (1980). Las elecciones de 1946 en la provincia de Córdoba. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, pág. 331.

9-“Hay que empezar de nuevo”: frase de Hipólito Yrigoyen transmitida a algunos de sus íntimos después del golpe de Estado que lo destituyó el 6 de septiembre de 1930.


Imagen de portada: 17 de octubre de 1945, Día de la lealtad. Fuente: www.comodoro.gov.ar/efemerides/2013/10/17/17-de-octubre-dia-de-la-lealtad/