La Universidad de Córdoba antes de la Reforma

Cien años antes que se produjera la Reforma Universitaria de 1918, dentro del estancamiento general de las universidades argentinas, la de Córdoba se destacaba en aquella época “por ser el baluarte más cerrado del oscurantismo social y cultural”.

 

Por Elio Noé Salcedo*

En su Historia Crítica del Movimiento Estudiantil de Córdoba, el historiador Roberto A. Ferrero refiere que con la llegada del Dr. Hipólito Yrigoyen a la Presidencia, el Estado se democratizaba, pero las universidades seguían sordas y cerradas a la nueva época, y la solemne Casa de Trejo seguía siendo una institución tan anacrónica, excluyente y alejada de la ciencia casi como en el siglo anterior (1).

Manuel E. Río describe así esa Córdoba conservadora: “Los Doctores, Licenciados, maestros y bachilleres de la ‘Casa de Trejo’ constituían una aristocracia libre y universalmente acatada, aparatosa y formulista, culta y devota, empapada del honor del título y prevalida de su notoria superioridad sobre el común de las gentes. La aureola de que la rodea la colonia resistió a las niveladoras conmociones de la Independencia” (2).

Confirma lo afirmado el Manifiesto a las Naciones del Congreso Constituyente de 1817 de las Provincias Unidas, en el que se denunciaba que la enseñanza de las ciencias estaba prohibida “para nosotros”, y solo se nos concedía “la gramática latina y la filosofía antigua, la teología y la jurisprudencia civil, y la canónica” (3). Con tan pesada herencia, no es raro que a esta altura de los tiempos estemos discutiendo si nos conviene un país industrial y con ciencia y tecnología propia (desarrollado) o un país agroexportador, dependiente en todo de los países desarrollados, o sea eternamente subdesarrollado.

No obstante, de la primera época patria queda para los sanjuaninos el rescate de la figura de Fray Justo Santa María de Oro –dominico, prior de su congregación en Chile y profesor de la prestigiosa Universidad de San Felipe-, cuyo pensamiento revolucionario relacionado con la independencia y las ideas autonómicas, la forma republicana de gobierno, la igualdad social y así también -60 años antes de la sanción de la Ley de Educación laica, gratuita y obligatoria- la separación de las tareas de la Iglesia y del Estado, entendía que “las Comunidades Religiosas como partes naturales de la sociedad, se confunden en el todo del Estado, sujetas y sometidas a las autoridades políticas…” (4), pretendiendo que “la práctica de las virtudes cristianas debía estar unida al civismo” (5). Por esas ideas avanzadas para su época, que lo diferenciaban de muchos de sus contemporáneos y cófrades, sufriría varias veces el destierro (de Cuyo a Chile y de Chile a Cuyo), siendo cuestionado a su vez por la jerarquía eclesiástica -por ser muy liberal– antes de ser consagrado Obispo de Cuyo (1830).

 

La enseñanza de la Corda Frates

La juventud llegaba a las austeras aulas de la Universidad de Córdoba para encontrarse con una enseñanza arcaica y verbalista y con un círculo cerrado que cuidaba las cátedras y sus dependencias como un bien de familia (6).

En general –sustenta el historiador cordobés- dominaba en la institución “un catolicismo intolerante” bajo la dirección de la Corda Frates, “una hermandad católica semi secreta de profesores universitarios, funcionarios y políticos que extendía sus tentáculos por todos los partidos, la Universidad y los poderes de gobierno” (7).

Dentro del estancamiento general de las Universidades argentinas, la de Córdoba se destacaba en aquella época “por ser el baluarte más cerrado del oscurantismo social y cultural”. “Las cátedras, vitalicias –consigna Ferrero-, existían para los profesores y no éstos para aquellas” (8).

En la Facultad de Derecho –según denunciaba el Dr. Juan B. Justo por aquella misma época-  “enseñaban seis Garzón, tres Posse, dos Ferrer, dos Pizarro, dos Novillo y dos Deheza”. Generalmente estaban emparentados entre sí y sus apellidos se combinaban de una u otra manera (9).

El doctor Antonio Nores (el “rector” repudiado por el movimiento reformista) contaba en el claustro profesoral con cinco primos hermanos. Los sueldos profesorales eran los más altos del país, casi el doble de los pagados en Buenos Aires, no obstante lo cual muchos titulares de cátedra gozaron largamente de licencias de años y aun de lustros de duración. La corrupción y el nepotismo eran moneda conocida, denunciados por el diario La Voz del Interior en esos momentos. Las cátedras que integraban eran vitalicias.

Medicina, por ejemplo, no celebraba ninguna reunión científica, no obstante ser la ciencia la razón justificatoria de su existencia (10). Y los cursos de Medicina se realizaban por medio del arte oratorio: ni hombres vivos ni muertos, ni siquiera animales; Patología se impartía sin enfermos. La Casa de Trejo era la idea absoluta de una edad perdida, pero al lado de ella crecía una sociedad en transformación (11).

Por su parte, el programa de Filosofía del doctor Ignacio Garzón trataba en la bolilla 16 de los deberes para con los siervos, como si la Edad Media no hubiese concluido (12).

En el caso de Economía Política, según Arturo Orgaz (uno de los paladines de la Reforma), “el texto era un conjunto de ‘barrabasadas’  del libro del padre Liberatore, sacerdote jesuita, el mismo que en otros libros para la Universidad (La Iglesia y el Estado) denostaba la libertad de conciencia y predicaba la sumisión del Estado a la Iglesia” (13).

El Derecho Público Eclesiástico –otro nombre del Derecho Canónico- era materia obligatoria.

A su vez, la enseñanza era repetitiva, rutinaria, y atrasada, sin estudios o investigaciones que la pusieran al día, en tanto se despreciaba a las nuevas ciencias sociales y no había interés en crear laboratorios y gabinetes científicos o hacer funcionar los pocos que existían.

Asimismo, los estudiantes que no expresaran ideas afines a la ideología medieval dominante en los claustros “eran mal vistos por la casta profesoral”, lo que convertía a la Casa de Trejo -que permanecía ciega a los “tiempos nuevos”-, en “un anacronismo y una sobrevivencia virreinal” en medio de un mundo altamente convulsionado y “en rápida transformación” (14).

La Revolución Mexicana (1910), la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el advenimiento de la Soberanía Popular en la Argentina (1916), la Revolución Rusa (1917) y el propio Movimiento Reformista en Córdoba y luego en toda Nuestra América, eran, sin embargo, el patente y ruidoso testimonio de la época que comenzaba de cara al nuevo siglo.

 

 

*Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana de la UNSJ y UNVM.

Notas

1- A. Ferrero. Historia Crítica del Movimiento Estudiantil de Córdoba. Tomo I (1918-1943). Alción Editora, Córdoba 1999, pág. 11.

2- E. Río. Córdoba, 1810-1919. Revista de la Junta Provincial de Historia de Córdoba, 1960, pág. 12.

3- “Manifiesto que hace a las Naciones el Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sobre el tratamiento y crueldades que han sufrido de los españoles y motivado la declaración de su Independencia”. Transcripto por Federico Ibargurem en “Las etapas de mayo y el verdadero Moreno”. Ediciones Theoría. Buenos Aires, 1963, pág. 309.

4- Maurín Navarro. Fray Justo Santa María de Oro. Edición del Archivo Histórico y Administrativo de San Juan, 1960, pág. 65.

5- Maurín Navarro. Precursores cuyanos de la Independencia de América y patriotas sanjuaninos de la hora inicial. Editorial Sanjuanina, 1968, pág. 320.

6- Ferrero, Ob. Cit., pág. 12.

7- Ídem, pág. 12.

8- Ídem, pág. 12.

9-Ídem, pág. 12.

10- Ídem, pág. 12.

11- A. Ramos. La bella época. Publicación del Senado de la Nación 2006, pág. 236.

12- Ferrero, Ob. Cit., pág. 13.

13- Ídem, pág. 13.

14- Ídem, pág. 13.


Imagen de portada: Patio de la Casa de Trejo, Universidad Nacional de Córdoba. Fuente: ahoraeducacion.com