Malvinas, una causa popular y latinoamericana

El acto de recuperación del 2 de abril de 1982 resultó un acontecimiento de honda conmoción popular, nacional y latinoamericana.

Por Elio Noé Salcedo*

 

Para entender la historia, nunca deberá subestimarse el amor incondicional de un pueblo por su patria. Ese sentimiento trasciende épocas, formas de gobierno, sectores sociales y organizaciones políticas. Por eso, el acto de recuperación del 2 de abril de 1982 resultó un acontecimiento de honda conmoción popular, nacional y latinoamericana.

No podía ser menos: los cañones que hasta el día anterior apuntaban hacia adentro, aquel 2 de abril  apuntaron hacia el enemigo histórico del pueblo argentino y latinoamericano, pues no se podrá negar -antes y después del acto de usurpación de 1833-, la decidida y decisiva influencia y participación del Imperio Británico en la división y disgregación de la América Criolla y, por consiguiente, de nuestro subdesarrollo y atraso secular, hasta hoy.

Precisamente, a la reparación de esa desintegración confluirían importantes iniciativas, entre ellas: la convocatoria de Simón Bolívar al Congreso Anfictiónico de 1826, en el siglo XIX; el impulso para la conformación del ABC entre los gobiernos de Argentina, Chile y Brasil en 1952; la fundación del MERCOSUR en 1991;  y ya en nuestro siglo, la constitución de la Comunidad Suramericana de Naciones en 2004, la firma del Tratado Constitutivo de UNASUR en marzo de 2011 y la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en diciembre del mismo año, con la firma de los 33 países de Nuestra América.

 

La Guerra de 1982

Ciertamente, Gran Bretaña no estaba sola en 1982: detrás de ella, además de Estados Unidos y la OTAN, estaban  Occidente, el Nuevo Orden Mundial y el Consenso de Washington, y detrás de la maltratada Argentina –gobernada eventualmente por una siniestra dictadura- se encolumnaban los pueblos desheredados y oprimidos de la tierra, hasta entonces llamados del Tercer Mundo. Ese era el fondo de la cuestión: Gran Bretaña seguía siendo un país imperialista aunque reinara una monarquía parlamentaria, por más civilizada que ella apareciese, y las Malvinas no dejaban de ser un enclave colonial, reinara o no una democracia en el continente. Lo sustantivo no cambiaba de status con relación a lo adjetivo, habría dicho Arturo Jauretche. Por eso, la “lectura matizada del conflicto” debía tener en cuenta necesariamente el carácter “imperialista” de la potencia usurpadora y el carácter oprimido y colonial del territorio usurpado, más allá del régimen político imperante.

Tal vez por eso, aquel abril de 1982 la Argentina congregó también, sin distinguir entre gobernantes y gobernados, la solidaridad y el apoyo de Fidel Castro, del gobierno sandinista de Nicaragua y del líder libio Muammar Khadaffi, enrolados en las antípodas ideológicas del régimen militar argentino.

De alguna manera, la Guerra de Malvinas había roto el status quo colonial (político, económico y cultural) instalado en 1976, y cuestionó de hecho no solo a la dictadura como régimen político sino también nuestra propia condición de país semicolonial: formalmente independiente pero económica y culturalmente colonizado (sin solución de continuidad en muchos casos entre gobiernos democráticos y dictatoriales). Pero además, nos devolvió la memoria histórica de Patria Grande.

Pues bien, la conmoción que suscitó y el apoyo popular que concitó, convirtieron al 2 de abril en un hito histórico, comparable por sus protagonistas y algunas características históricas al rechazo de las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Del mismo modo, si en 1806 y 1807, el pueblo de Buenos Aires, así como muchos provincianos congregados en el Regimiento de Arribeños, hubieran esperado ser independiente de España y soberanos de su destino para rechazar al invasor inglés en aquel momento, la Argentina toda sería hoy una colonia inglesa. Del mismo modo, enfrentar a los ingleses usurpadores de nuestro territorio en Malvinas, fue un acto soberano y de hondo contenido nacional y popular (que honra eternamente a los que lucharon y dieron su vida por la patria), aunque la soberanía popular no existiera o estuviera en ese momento conculcada por un gobierno de facto.

Algo similar había sucedido en la guerra de la Independencia, cuando en las Provincias Unidas del Río de la Plata gobernaba la dictadura de Buenos Aires, indiferente al destino de América y contraria al proyecto político del general San Martín. Si el gran capitán hubiera esperado el acuerdo y la financiación del gobierno central para liberar América (excepción hecha de Juan Martín de Pueyrredón, que apoyó al Ejército de los Andes), todavía seríamos dependientes de España.

 

Una causa permanente

¿Carece acaso de legitimidad la Resolución 2065 de Naciones Unidas sólo porque fuera impulsada en el marco de un gobierno pseudo-democrático como el de 1964-66, que alcanzara el poder sobre la base de la cláusula proscriptiva del general Rattenbach contra el Gral. Perón y el pueblo peronista?

¿Deja de ser legítima la declaración conjunta del 14 de enero de 1966, conocida como “Zabala Ortiz-Stewart”, por la que el Reino Unido aceptó la “validez de la Resolución 2065 de las Naciones Unidas” y accedió a “iniciar negociaciones con la Argentina”, tan solo porque el acuerdo fue suscripto por un gobierno disminuido en su legitimidad popular?

¿Repudiaremos a Lucio García del Solar, Miguel Zabala Ortiz o Bonifacio del Carril por defender nuestros derechos soberanos, aunque hayan sido representantes de un gobierno que había llegado al poder con menos sufragios que el voto en blanco, a causa de la proscripción del peronismo?

Tal vez exista un error de perspectiva querer ver la causa de Malvinas solo sujeta a una fecha o a un hecho bélico puntual, escindida del proyecto nacional por la reconstrucción de nuestra Patria Grande inconclusa, de la que nuestras Islas Malvinas forman parte junto al territorio todo, la economía, la cultura, la educación, etc.

A 35 años del 2 de abril de 1982 se puede inferir que lo que dio y da legitimidad a la recuperación de las Malvinas fue precisamente la causa nacional que reavivó contra los enemigos históricos y consuetudinarios de la Patria –por eso el aval popular que concitó-, más allá de las intenciones de la Junta Militar que la decidió (Como sabemos, en política, valen más los hechos que las intenciones y las palabras; por el contrario, como alguien advirtió alguna vez también, “de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”).

La recuperación de las Islas Malvinas representa una causa permanente desde 1833 hasta nuestros días, por lo que no se podría defender sólo en democracia ni tampoco esperar que se den las condiciones ideales para poder hacerlo. Para el pueblo argentino y latinoamericano, Malvinas siempre fue, es y será -con gobiernos democráticos, pseudo-democráticos, dictatoriales, proimperialistas o antiimperialistas, de derecha, centro o izquierda- una causa popular, nacional y latinoamericana. Hoy más que nunca.

*Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana de la FFHA de la UNSJ y de la Universidad Nacional de Villa María.