“Esperamos algo de humanismo”

El ingeniero Víctor Carbajal es un militante; y aunque estuvo varias veces preso y perdió a su hermano durante la dictadura, no abandona la lucha por la memoria y la justicia.

Por Fernanda Borcosque

Hacemos la entrevista en su oficina, una construcción chiquita que fue obrador, ubicada al lado del parque del Complejo Universitario Islas Malvinas (CUIM) de la UNSJ. Tiene un ventanal por donde se cuela el sol y el verde del campus universitario. En una de las paredes, además del afiche con la cara de su hermano Alberto, muerto por la dictadura, y de Raúl Tellechea, desaparecido en democracia, hay un póster del Che Guevara que dice algo como: “Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario”. Nos muestra orgulloso esa frase. La elegimos como fondo para la entrevista que hacemos para Xama, el canal de TV universitario.

Víctor Carbajal está encargado de los servicios del CUIM. Es ingeniero químico, comenzó a estudiar en la Universidad Nacional de Cuyo y terminó en la UNSJ. Fue auxiliar docente durante toda su carrera y escolta del Cuerpo de Bandera, “a pesar de mi militancia, y esto lo quiero remarcar para aquellos que dicen que los militantes no estudiábamos”. Estudiaba, trabajaba y militaba. “No éramos profesionales de la militancia ni mucho menos, simplemente trabajábamos por un mundo mejor, y eso les molestaba, y por eso nos persiguieron durante la dictadura”, expresa. Actualmente colabora con los organismos de Derechos Humanos de la provincia.

Para algunos, y luego del megajuicio realizado en 2013, la historia de su hermano y la suya es conocida. Para otros, es necesario volverla a contar.

A Víctor Carbajal lo detienen en abril de 1976 y lo liberan en enero del ‘77, sin ninguna acusación que justifique la detención. Al salir, lo habían echado como docente de la universidad y suspendido como estudiante, “era un muerto civil”. Sin embargo, intenta terminar su trabajo final para recibirse. En esa instancia, en julio de ese año, detienen a su hermano Alberto, que era subsecretario del Partido Comunista en San Juan, cuando, junto con su esposa, van a buscar a unos compañeros sin saber que éstos ya habían sido detenidos. Víctor indaga en los lugares posibles de detención, y le avisan que su hermano y su cuñada estaban en el Penal de Chimbas. Al llegar allí, lo detienen por segunda vez.

Carbajal cuenta que los presos que estaban “legalizados” eran enviados al Pabellón 6 del Penal, aunque aislados. La biblioteca de los presos era la sala de tortura. De aquel lugar rescata a algunos gendarmes “buenos”.”No todos eran ‘ojos de vidrio’”, dice, “así le llamaban a los oficiales de inteligencia que participaban de las torturas”.

Durante esos días ve cómo su hermano va deteriorándose, hasta que el 18 de agosto le avisan que Alberto “se había suicidado en la celda”. Tal como fue probado luego en el primer juicio de lesa humanidad, lo habían torturado hasta matar.

Los lugares de detención

Carbajal identifica seis centros de detención a partir de los testimonios de las víctimas: la ex Legislatura (el edificio ubicado al lado del Estadio), que “fue el primer lugar, muchos compañeros peronistas y comunistas pasaron por allí”. Luego eran trasladados al Regimiento de Infantería de Montaña, RIM 22. También acondicionaron el Pabellón 5 y 6 del Penal de Chimbas, para aquellos presos que iban a ser legalizados, y que después eran enviados a otras provincias. Los que estaban destinados a desaparecer, como la francesa Marie Anne Erize, eran enviados a La Marquesita, el predio del Casino de Suboficiales, ubicado en Marquesado.

Existieron otros sitios más, de los que no se sabe durante cuánto tiempo funcionaron como centros clandestinos. Uno, el puesto policial de Zonda; otro, la central automotriz que era parte de la Policía de San Juan (en Trinidad), previo a la dictadura de 1976. “Y por declaraciones de una víctima, tenemos conocimiento que otro sitio fue el polígono de tiro del Ejército, al oeste del Dique San Emiliano”, en Rivadavia, cuenta Carbajal.

 

“Ni odio ni venganza. Justicia”: Los juicios

En 2011 se realizó en San Juan el primer juicio relacionado con crímenes de la dictadura. En este caso, por la apropiación ilegal de bebés. El Tribunal, en un juicio desarrollado en el Edificio Central de la UNSJ, condenó a prisión a un ex militar, Luis Alberto Tejada y a su esposa Raquel Quinteros por la apropiación, en 1980, de Jorge Guillermo Martínez Aranda, hijo de Luis Francisco Goya, integrante de la Agrupación Montoneros, y de María Lourdes Martínez Aranda, mexicana. Ambos desaparecidos ese mismo año.

“El primer juicio probó que la apropiación ilegal de bebés durante la dictadura también se dio en San Juan. Con el segundo, la sociedad sanjuanina pudo comprobar que aquí también se cometieron crímenes de lesa humanidad: desapariciones, secuestros, torturas, asesinatos, vejaciones”, refiere Carbajal.

En ese juicio, cuya sentencia se conoció en julio de 2013, fueron condenados Jorge Olivera, Osvaldo Martel y Horacio Nieto a prisión perpetua; Gustavo De Marchi, Francisco Del Torchio y Daniel Gómez a 25 años de prisión y Alejandro Lazo a 10 años. Al poco tiempo, De Marchi y Olivera se fugaron del Hospital Militar de Buenos Aires.

Para Carbajal, esta segunda megacausa que involucra a 200 víctimas, y que se lleva a cabo en estos momentos también en el Edificio Central de la UNSJ, es muy importante porque se constata algo que los fiscales del juicio anterior ya habían probado, y es que se había desarrollado una comunidad informativa instituida por el Ejército, que incluía Gendarmería, la Policía Federal y la policía de la provincia. “Los fiscales pudieron probar esto cotejando las fojas de servicios de los oficiales que participaron en la represión, los prontuarios de nosotros, los detenidos, y nuestras declaraciones”, señala Carbajal. Y agrega “Esperamos que aparezca algo de humanismo. Que se rompa el pacto de silencio y que los parientes de los desaparecidos puedan hacer lo que hice yo: velar y enterrar a mi hermano. La ausencia de un cadáver es brutal, se necesita ver para hacer el duelo”, concluye. Detrás de sus lentes, se presienten unas lágrimas, y el silencio, en aquella oficina, demora en irse.

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