Sor Juana Inés de la Cruz, una mujer importante

 

Por Elio Noé Salcedo*

Aparte de la discutida Malinche (Doña Marina), Juana Inés de Asbaje (Sor Juana) tal vez sea la mujer más importante del período histórico que transcurre entre 1492 y principios del siglo XIX en Nuestra América, en la que se destaca incluso sobre sus pares escritores o intelectuales varones, españoles o americanos.

De Malinche no sabemos mucho, por lo que para introducirnos en su conocimiento remitimos a la lectura de la novela homónima de Laura Esquivel (otra mujer importante en las letras latinoamericanas), que probablemente nos dé una pista más humana e incluso histórica del papel que pudo y debió jugar aquella mujer indígena en nuestra historia en las tremendas condiciones concretas en las que le tocó actuar.

En cuanto a sor Juana Inés de la Cruz, nos conduciremos a través del interesante estudio realizado sobre ella por su compatriota mejicano/latinoamericano, también literato, pensador y Premio Nobel de Literatura, Octavio Paz.

 

La conquista de un lugar para la mujer americana

En el capítulo sobre Conquista y Colonia de su reconocido ensayo “El laberinto de la soledad”, Octavio Paz nos refiere el contexto histórico en la que se desenvuelve Juana de Asbaje (Sor Juana): “Aquellas sociedades (la española y la azteca) –escribe Paz- estaban impregnadas de religión. La misma sociedad azteca era un Estado teocrático y militar” (1), por lo que no podría extrañarnos la elección vocacional de Juana de Asbaje, desde entonces conocida como sor Juana Inés de la Cruz. Mas no sería nunca uno de esos “espíritus tradicionales, castizos (2), como podía esperarse de ella por su elección religiosa y la herencia cultural española que le tocaba.

Dadas las características de esa realidad, como bien apunta Paz, el estudio del orden colonial resulta imprescindible, pues es precisamente en “las manifestaciones populares” o en las de “sus espíritus más representativos”, como el de Sor Juana, que se nos revela “el sentido de nuestra cultura y el origen de mucho de nuestros conflictos posteriores” (3).

Paradójicamente, en una de las épocas en la que la decadencia de la cultura española en la Península “coincide con su mediodía en América”, estos “espíritus despiertos en una sociedad inmovilizada por la letra, presagian otra época y otras preocupaciones, al mismo tiempo que llevan hasta sus últimas consecuencias las tendencias estéticas de su tiempo” y de su geografía. En ellos “se dibuja una cierta oposición entre sus concepciones religiosas y las exigencias de su curiosidad y rigor intelectuales. Algunos, hasta  “emprenden una posible síntesis” (4), como sor Juana. De esa manera, “los mejores espíritus empiezan a mostrar –sea en forma borrosa y tímida- una vitalidad y curiosidad intelectual en abierto contraste con la anemia de la España negra de Carlos II” (5).

En ese mundo cerrado –reflexiona Paz-, la generación de Sor Juana se hace ciertas preguntas –más insinuadas que formuladas, más presentidas que pensadas- para las que su tradición espiritual no ofrecía respuesta” (6), sin cuestionar todavía el orden colonial. Aunque, “si en la obra de Sor Juana la sociedad colonial se expresa y se afirma, en su silencio esa misma sociedad se condena” (7).

 

Singularidad de Sor Juana

Ya en estado religioso, emprende la composición del “Primero sueño”, “tentativa por conciliar ciencia y poesía, barroquismo e iluminismo” (8), a tono con una de las singularidades de su personalidad intelectual.

Si ella, como nadie, “afirma su tiempo tanto como su tiempo se afirma en ella” (9), en un tiempo de transición y a la vez de conformación de un mundo nuevo (que es el de Nuestra América en condiciones de sujeción a España), Sor Juana encarna una cuádruple “dualidad” superadora: 1) la de la ciencia y el arte; 2) la de la razón y la fe; 3) la del mundo hispano y el nuevo mundo americano; 4) y la de su condición de mujer en un “mundo de varones”.

En lo que a la “primera dualidad” se refiere, “apenas hubo ciencia que no la tentara”, en tanto “su curiosidad no es la del hombre de ciencia, sino la del hombre culto que aspira a integrar en una visión coherente todas las particularidades del conocimiento”, porque “presentía un culto engarce entre todas las verdades” (10). En cuanto a su arte, si bien el poema de Juana es una imitación del de don Luis de Góngora, “las diferencias profundas son mayores que las semejanzas externas” (11). Tan es así, que Menéndez y Pelayo reprochará a Góngora su vaciedad o superficialidad, porque el español “vuelve todo forma”. En cambio, la escritora “nuestramericana” utiliza el procedimiento de Góngora “pero acomete un poema filosófico”. “Nada más alejado de la noche carnal y espiritual de los místicos que esta noche intelectual”, señala Paz. El poema de Sor Juana es original: “no tiene antecedentes en la poesía de la lengua española” (12).

Respecto a la “segunda dualidad” que hemos apuntado, “no es posible dudar de la sinceridad de sus sentimientos religiosos –en una sociedad impregnada de religión- pero allí donde un espíritu devoto encontraría pruebas de la presencia de Dios o de su poder, Sor Juana halla ocasión para formular hipótesis y preguntas. Aunque repita con frecuencia que todo viene de Dios, busca siempre una explicación racional” (13).

Octavio Paz no habla en particular sobre la “tercera dualidad” cuando se refiere a Juana; no obstante consideramos que está implícita una reivindicación de su singularidad americana cuando se despega de la literatura española de los Siglos de Oro, que “ignoran la actividad intelectual pura”. Por el contrario, “la solitaria figura de Sor Juana se aísla más en ese mundo hecho de afirmaciones y negaciones, que ignora el valor de la duda y del examen”. En ese sentido, la “Respuesta a Sor Filotea”, por ejemplo, “no es solo un retrato sino la defensa de un espíritu siempre adolescente (como Nuestra América), siempre ávido e irónico, apasionado y reticente” (14).

Finalmente, “su doble soledad, de mujer y de intelectual, condensa un conflicto también doble: el de su sociedad –la de Nuestra América, sociedad de varones a su vez- y el de su feminidad. Precisamente, “la Respuesta a Sor Filotea es una defensa de la mujer”. Y es esa defensa y su afición por el “pensamiento desinteresado”, por el “placer de pensar” (condición de todo intelectual verdadero) lo que “la hacen una figura moderna” (15).

Por eso su importancia como mujer y como Hombre original de Nuestra América.

*Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana de la FFHA de la UNSJ.

Notas

(1) Octavio Paz. El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica: Undécima reimpresión. México, 2014, pág. 101.

(2) ídem, pág. 108.

(3) Ídem, pág. 110.

(4) Ídem, pág. 119.

(5) Ídem, pág. 120.

(6) Ídem, pág. 121.

(7) Ídem, pág. 127.

(8) Ídem, pág. 119.

(9) Ídem, pág. 121.

(10) Ídem, pág. 123.

(11) Ídem, pág. 122.

(12) Ídem, pág. 123.

(13) Ídem, pág. 124.

(14) Ídem, pág. 125.

(15) Ídem, pág. 125.


La imagen que ilustra la portada es “Juana Inés de la Cruz” del artista Andrés de Islas (1772), Museo de América (Madrid). Fuente: Wikipedia.org