Encuentro, choque y fusión en las civilizaciones prehispánicas

Por Elio Noé Salcedo*

Tanto la prehistoria como la historia antigua, e incluso el comienzo de la edad moderna, como lo demuestra nuestra propia historia, están signadas por un proceso de encuentros, choques y fusiones genéticas y culturales entre los pueblos, producto de las continuas migraciones en busca de mejores condiciones para su existencia.

Podemos verificar ese proceso en la historia de las dos principales civilizaciones prehispánicas: la del Imperio Azteca y la del Imperio Inca.

El Imperio Azteca

De acuerdo con las propias tradiciones históricas nahuas -refiere Salvador Canals Frau-,  en 1168, procedentes del norte u oeste del país, “los Aztecas o Mexicas comenzaron su gran migración, que les iba a llevar al Valle de México” (1). Fue así que en el año 1267, “muy posiblemente con el permiso de los tepanecas de Azcopotzalco” que residían allí (2), se asentaron en  Chapultepec, sobre la orilla occidental del lago de Tetzcoco, suceso que podemos considerar como el “encuentro” –de hecho pacífico- con sus nuevos vecinos.

Sin embargo, comenta Canals Frau, “sobrevinieron conflictos con los vecinos”, nada más ni nada menos “porque los jóvenes aztecas tenían la costumbre de ir a robar mujeres en las comunidades vecinas (¿fusión obligada?), y esto produjo el enojo de los perjudicados”.  Lo cierto es que estos se unieron, “y hacia 1298, batieron a los Mexicas” (3).

Declarada la guerra entre los habitantes del lugar y los recién llegados (choque), comenzó un proceso que llevó a los aztecas a establecer en 1325 su propia “comunidad urbana”, que fue llamada México-Tenochtitlán (“Ciudad de los Mexicas de Tenoch”, uno de sus jefes); generándose unos 13 años después una escisión (choque al interior de la misma etnia), de la que surgió la ciudad rival llamada México-Tlaltelolco, que conservó su independencia hasta muy cerca de la conquista española” (4).

Las guerras, acuerdos y acomodamientos posteriores condujeron a que en 1427 se estableciera una unión entre Tetzcoco, Tlacopán y Tenochtitlán llamada la Triple Alianza-, cuya doble finalidad era “abatir a Azcoptzalco (tepanecas)”, que por entonces seguía detentando la supremacía, e “independizarse de esa ciudad”.

De la guerra resultó que los Mexicas “no solo lograron su definitiva independencia política, sino que hasta ganaron territorios en tierra firme y un ingente botín, lo cual dio la primera base a su imperio” (5).

A partir de allí (60 años antes del descubrimiento de Colón y menos de 100 años de la conquista de Hernán Cortés), los aztecas impulsaron la civilización que lleva su nombre y que, como subraya el etnólogo que estamos citando, no fue “otra cosa que un sincretismo de culturas anteriores” (fusión), en particular la cultura Tolteca (aunque algunos autores hablan también de la cultura Olmeca, de mucha intimidad con la cultura Maya) que, a excepción de los sacrificios humanos –lo que según Canals Frau “parece ser específicamente azteca”- (6), fue la base de la posterior cultura mexica (7).

El Imperio Inca                                           

En la época preincaica (época de encuentro de distintas etnias, pueblos y culturas), los cronistas pintan “un estado político social en el que solo había jefes temporarios llamados sinchis”, entre los que “estaba inmanente la tendencia a la concreción y unificación (fusión) de grupos en pequeños Estados” (8).

No obstante, señala Canals Frau, al tiempo de la llegada de los primeros migrantes al Valle del Cuzco, “hallaron la comarca ocupada por una población anterior a la que poco a poco fueron sujetando” (9), pasando progresivamente de una situación de encuentro a la de choque y conquista.

En cuanto a la fusión genética e incluso cultural, el etnólogo citado destaca la estirpe Colla de los Incas y su procedencia lingüística Aymara. De allí que a Canals Frau le parezca casi seguro que “el origen de la dinastía incaica se encuentre efectivamente en una invasión de un grupo de collas que desde aquende el Vilcanota, migraran hacia el norte y se establecieran sobre la antigua población del Valle del Cuzco a manera de aristocracia conquistadora” (10).

La tradición oficializada admite una sucesión de ocho monarcas, a partir del siglo XIII,  hasta llegar al reinado de Pachacuti, noveno Inca, con quien comienza la época imperial del Estado Incaico (1438).

Dicha época estuvo precedida de invasiones, conquistas, fundación de ciudades, alzamientos y casamiento con las hijas de los jefes vencidos, como así también de expediciones de conquistas fuera del Cuzco y de grandes construcciones, en particular la de los canales de irrigación necesarios para el cultivo de la tierra y de importantes caminos que comunicaban al Imperio.

No obstante, es importante referir que hasta el octavo soberano inca no se pensaba en organizar conquistas como dominio permanente: “se entraba a saco a los pueblos conquistados, a veces se les imponía un tributo; pero no se dejaba en ellos guarniciones militares para asegurar la conquista. De ahí que las peleas entre los pueblos sometidos, y las rebeliones cuando creían favorable el momento, estuviesen a la orden del día” (11).

Pero a partir de Viracocha, el octavo monarca inca, comenzará la conquista de las otras zonas, primero las más cercanas, luego las más alejadas”, asegurándose “el dominio efectivo y permanente de los pueblos conquistados”, erigiéndose de esta manera en una potencia militar y entrando en rivalidad con “otras que había en la región central y meridional de la Sierra peruana” (12), como era el caso de la Confederación Chanca, que ya al comienzo del siglo XV (siglo de la llegada de los españoles) había batido a los Quechuas, expulsándolos de la región de Andahuaillas. Pero, de rebote, ese hecho le dio la supremacía entre las naciones quechuas a los Incas (13).

Fue así que las guerras chancas –después de que el hijo de Viracocha aniquilara a los Chancas- tuvieran la virtud de elevar al poder al príncipe Inca Yupanqui, quien dio impulso y realce al imperio, incorporó a su nombre el título de Pachacuti y se hizo nombrar Inca aun en vida de su padre y contra la voluntad de su progenitor (14), no sin antes eliminar literal y físicamente a su hermano.

Característica de esta etapa imperial, cuyo comienzo Rowe calcula en 1438 (100 años antes de la conquista española del Cuzco), es la incorporación al Imperio de nuevos territorios, entre ellos el ecuatoriano, todo el altiplano boliviano, algunos del actual  noroeste argentino (hasta Mendoza) y de Chile (hasta el río Maule). El río Ancasmayo, en territorio de la actual Colombia, pasó a constituir el límite norte del Imperio, no sin antes tener que reducir numerosos alzamientos (15).

Hyana Capac, hijo de Topa Inca, fue el décimo primer Inca, quien murió inesperadamente en Quito, de resultas de una peste (al parecer ya existían antes de los españoles), no habiendo designado todavía sucesor. La guerra civil entre sus hijos, Huáscar y Atahualpa, coincidió con el desembarco español en las costas del Imperio.

Digamos con Canals Frau antes de concluir este capítulo, que, “pese a la enorme extensión que llegó a tener, y a la multiplicidad de sus componentes originarios, el Imperio Incaico había logrado en sus postrimerías una homogeneidad étnica bastante acentuada”, y “en casi todo su territorio dominaba la misma cultura, la misma lengua y el mismo culto principal” (amplia fusión). No obstante, para llegar a estos resultados en un tiempo tan relativamente corto, “los Incas se sirvieron de una serie de recursos cuya efectividad no podría ser negada” (16).

Como toda “aristocracia conquistadora” (mote que cabe también a los españoles), los incas no escatimaron esfuerzos para imponer su dominio y colonizar a los pueblos conquistados, ya sea extrañándolos de su lugar de origen (mitimaes) u obligándolos a aprender la cultura del Imperio a través de la imposición de la escuela incaica, en la que los pueblos conquistados aprendían la lengua oficial, la religión, los secretos de los quipus y la mitología e historia inca (17). Otra factor importante de incaización (fusión) fueron los caminos, que se destacaban por su limpieza y conservación, como así también por los tambos que cada cuatro cinco leguas deparaban “una especie de hostería con depósitos de agua, leña y alimentos, donde los viandantes podían pasar la noche y abastecerse de lo que necesitaban” (18).

De ese modo, tanto los aztecas como los incas lograron desarrollar sendas civilizaciones,  ni superior ni inferior a las del Viejo Mundo, en todo caso diferentes y en distinto momento de su desarrollo.

En eso estaban, cuando llegaron los españoles, iniciándose un nuevo proceso de encuentro, choque y fusión entre la civilización recién llegada y las civilizaciones preestablecidas.

*Diplomado en Historia Argentina y Latinoamericana de la FFHA de la UNSJ.

Notas

1-Salvador Canals Frau. Las civilizaciones prehispánicas de América. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1959, pág. 391.

2- Ídem, pág. 393.

3-Ídem, pág. 393.

4-Ídem, pág. 394.

5-Ídem, pág. 395.

6-Ídem, pág. 395.

7-Ídem, pág. 386.

8-Ídem, pág. 314.

9-Ídem, pág. 312.

10-Ídem, pág. 313.

11-Ídem, pág. 318.

12-Ídem, pág. 318.

13-Ídem, pág. 319.

14-Ídem, pág. 319.

15-Ídem, pág. 322.

16-Ídem, pág. 322.

17-Ídem, pág. 324.

18-Ídem, pág. 324.


Imagen que ilustra esta nota: Noveno inca, Pachacútec. Cuadro cusqueño de artista desconocido (siglo XVII)
Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/Pachac%C3%BAtec