Tras una teoría latinoamericana del conocimiento social

En esta nota, Elio Noé Salcedo argumenta sobre una epistemología propia, que sirva a la emancipación nacional y social de Latinoamérica.

Por Elio Noé Salcedo

En 1926, el desconocido Manuel Ortiz Pereyra –pensador correntino de FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina)-, en su igualmente desconocido libro “La Tercera Emancipación” (1), exponía las bases esenciales de la moderna Sociología del Conocimiento.

“El conocimiento –escribía Ortiz Pereyra (1884-1941)- no es otra cosa que la relación del sujeto que quiere conocer, con el objeto que debe ser conocido. Casi más propio sería decir: la resultante de la combinación de un sujeto con un objeto”. “Luego, para llegar a un conocimiento de la verdad, el método consiste en considerar: 1°) El sujeto; 2°) Los diferentes puntos de vista del sujeto; 3°) El objeto; 4°) Las diversas circunstancias en que ese objeto puede presentarse”.

Para Ortiz Pereyra, el sujeto conocerá mejor “cuanto mayor sea el grado de lucidez intelectual con que se encuentre armado”, pero no se le escapaba que el hombre, como sujeto social, ve la realidad a través de “un mundo” propio (una conciencia y un inconsciente), “formado ya sea por contacto con el mundo externo inmediato, ya por sedimentación o por conjugación de conceptos y sugestiones que penetran en su cerebro y éste asimila sin la menor sospecha de la conciencia”.

Con estas afirmaciones -advierte el historiador y cientista Roberto Ferrero (a quien entrevistamos con motivo de su nueva propuesta bibliográfica “Bárbaros, las ideas no se importan. Notas para una epistemología política de la periferia”)-, “Manuel Ortiz Pereyra llega al corazón mismo de la epistemología”.

 

Epistemología y pensamiento propio

De su breve exposición epistemológica –reflexiona Ferrero- “puede rescatarse en Ortiz Pereyra la posibilidad, latente en su concepto de “los diferentes puntos de vista”, de tener una mirada distinta de la europea sobre nuestros propios problemas, ya que no es lo mismo mirar las cosas desde París que mirarlas desde Argentina o Bolivia (es decir desde Europa, Estados Unidos o desde América Latina)”.

En efecto, la epistemología actual de las Ciencias Sociales –advierte Ferrero- establece su cientificidad sobre la base de reconocer los dos atributos esenciales de todo conocimiento: su carácter socialmente condicionado y su naturaleza histórica, al que debe agregarse un tercer rasgo, relacionado con el primero pero no idéntico, señalado  agudamente por Adam Schaff: “no es un acto abstracto y teórico, sino que se apoya en la acción colectiva (2), carácter éste que en Jean Piaget aparece como constitutiva de todo conocimiento y no sólo como verificadora de un conocimiento obtenido por vía sensorial” (3).

Entiende Ferrero que, al contrario del relativismo anticientífico que hace referencia a que la verdad absoluta es inalcanzable, el proceso histórico del conocimiento (que es experiencia, comprobación y saber acumulado socialmente) reduce cada vez más el espacio de incertidumbre y permite la ampliación de la porción de verdad objetiva alcanzada en cada etapa del conocer, pues como bien explicara el epistemólogo Ludovico Geymonat, “el criterio objetivo de la verdad existe: es el criterio de la praxis, sobre todo como praxis social” (4).

Para Ferrero, es dable afirmar que el conocimiento surge simultáneamente de la praxis y el raciocinio que la acompaña (la reflexión crítica sobre ella), pues como ha dicho Clara Dan, “la ciencia ha revelado ya una dimensión totalmente desconocida e inesperada del pensamiento: su dependencia del contexto social, de las finalidades e intereses sociales, de las relaciones entre las clases sociales y de su lucha, y aún más: su dependencia de un modo de producción, de una praxis entera” (5). Este descubrimiento, refiere Roberto Ferrero, está en los orígenes de toda la epistemología moderna.

 

Una epistemología para la transformación

Dada la importancia e incidencia que las doctrinas e ideologías sociológicas, antropológicas, de psicología social, económicas, históricas y políticas han tenido en el proceso de sumisión ideológica y política, Fermín Chávez –autor de una fundacional “Epistemología para la Periferia”– entendía que “la emancipación nacional y social presupone, a su vez, la construcción y el uso de un instrumento adecuado; una nueva ciencia del pensar, esto es, una epistemología propia” (6).

Una epistemología propia, o lo que es lo mismo decir, una epistemología latinoamericana, “debe establecer claramente cuáles son el Objeto y el Sujeto cuya relación es la materia de su estudio y reflexión, lo mismo que su resultado: el saber social o conocimiento” (7).

A propósito, en 1978 el sociólogo francés Alan Touraine planteaba “la necesidad de que los instrumentos de análisis se redefinieran cuando se pasa del estudio de las sociedades dominantes al de las sociedades dependientes” (8), en tanto Lucien Levy-Bruhl, setenta años antes, ya había advertido que “los conceptos y categorías occidentales establecidos eran virtualmente inútiles para la traducción de las ideas primitivas (clásicas), y que quien deseara emprender su traducción tendría que crear un conjunto nuevo de conceptos expresamente para ese fin” (9).

Obviamente, el sujeto de conocimiento no puede ser otro que el hombre y la mujer latinoamericanos, en tanto hombre y mujer latinoamericanos –sujeto, destinatario y beneficiario a la vez del conocimiento-, cuyo carácter de sujeto cognoscente no se forja por supuesto en la soledad de la especulación de cátedra, como subraya Ferrero, sino en la interacción viva con la praxis colectiva, cuya experiencia debe tratar de racionalizar y convertir en “discurso científico”. Esa es la función del hombre y mujer universitarios de un país “subdesarrollado”, que lo es también, en la medida en que no es soberano de sus propias ideas (sino solo repetidor o imitador), que es la manera de ser propietario de sus decisiones y de su destino.

No obstante, como bien dice Alejandro Horowicz, “puede haber gente que no sabe”, pero en ese caso, “el que no sabe es porque hace un esfuerzo fenomenal por no enterarse. La información está al alcance de los dedos de cualquiera que quiera tomarse el trabajo de obtenerla. Hay un renunciamiento voluntario al saber” (10).

En cuanto al Objeto a conocer, debe, por lo demás, ser delimitado espacial y temporalmente. El primer aspecto –el espacial– está ya dicho: es América Latina. Temporalmente, Latinoamérica será objeto de algunas de las disciplinas de las Ciencias Sociales en que éstas se manifiestan en la práctica, pues si bien las Ciencias del hombre son una sola entidad cultural, operativamente, en la praxis concreta del analizar, se aparecen como tratando de aprehender una parte específica de la realidad según la etapa o circunstancia histórica que se tome en cuenta.

La finalidad última de semejante Epistemología, sostiene Ferrero, es generosamente utilitaria: servir a la unidad y a la emancipación nacional y social de Latinoamérica (que es lo mismo que decir, servir al hombre y a la mujer latinoamericanos). “Con esta afirmación sobre los deberes de una Epistemología de la Periferia –señala el pensador cordobés- no hacemos, por lo demás, sino inscribirla en la tradición de los pensadores de esta orilla atormentada del Atlántico, que fueron desde la Independencia en adelante siempre hombres que pensaron para actuar, nunca por puro divertimento” (o especulación teórica).

América Latina deberá elaborar a partir de su propio modo de existencia, sus categorías propias y originales, como instrumentos más adecuados que los importados, sin rechazar, por supuesto, aquellos conceptos teóricos de raíz extranjera, que por ciertas analogías históricas y sociales entre una y otra sociedad, pueden ser adaptadas -no adoptadas- como instrumentos de análisis más o menos útiles, pues a esta altura es evidente que las categorías surgidas en los países centrales han sido inútiles o poco útiles para analizar la realidad política y social de la periferia y, lo que es más importante aún, para transformarla positivamente en bien de todos y no solo de una elite más o menos acomodada.

 

Notas

1- Manuel Ortiz Pereyra: “La Tercera Emancipación”, J. Lajouane & Cía. editores, Buenos Aires 1926.

2- Adam Schaff: “Sociología e Ideología”, A. Redondo Editor, Barcelona s/f.

3- Emilia Ferreiro: “Los Hombres. Piaget”, Pagina/12-CEAL N° 41, Buenos Aires, s/f.

4- Ludovico Geymonat: “Algunas reflexiones críticas sobre Khun y Popper”, Alción Editora, Córdoba 1994.

5- Clara Dan: “Empirismo y Realismo de Marx a Piaget”, en M. Godelier et al: “Epistemología y Marxismo”, Ediciones Martínez Roca, Barcelona 1974.

6- Fermín Chávez “Epistemología para la periferia”, Ediciones de la UNLA, Buenos Aires 2012.

7- Roberto A. Ferrero. “Bárbaros, las ideas no se importan. Notas para una epistemología política de la periferia” (Libro en redacción), 2016.

8- Alan Touraine: “Las Sociedades Dependientes: Ensayos sobre América Latina”, ed. Siglo XXI, Méjico 1978, citado por Carlos Franco: “Del Marxismo Eurocéntrico al Marxismo Latinoamericano”, ed. CEDEP, Lima 1981.

9- Robin Horton: “Lévy-Bruhl, Durkheim y la revolución científica”, Cuadernos Anagrama, Barcelona 1980.

10- Entrevista a Alejandro Horowicz en diálogo con el programa radial “Los Ludditas, FM La Tribu. Por Manuel Barrientos y Walter Isaía (Agencia Paco Urondo), 24/11/2016.