El terror que intentó cambiar la mentalidad

A cuarenta años de La noche de los lápices, Revista la U analiza lo buscado con aquella represión de jóvenes por parte del Estado. La historiadora Cristina Nacif habla de un disciplinamiento que llega hasta el presente y pide “cambiar el Código de Faltas de la Provincia”.

 Por Fabián Rojas

Pablo Díaz, sobreviviente de los secuestros y torturas que comenzaron la noche del 16 de septiembre de 1976, dijo alguna vez que el boleto estudiantil conseguido un año antes fue suspendido en agosto de 1976 para provocar la protesta de los estudiantes y así tener la excusa perfecta para marcarlos, reprimirlos y secuestrarlos. Esa fue la noche surcada por el accionar de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, al mando de Ramón Camps y Miguel Etchecolatz. Esa fue “La noche de los lápices”, con estudiantes secundarios secuestrados y desaparecidos, como una manera de advertir, de sosegar, de intentar cambiar la mentalidad de esos “potenciales subversivos”, como ya los llamaba el aparato represor.

“Hay que considerar los contextos históricos en que suceden los hechos. Veníamos de un período que muchos historiadores denominan la Edad de oro, en la década de 1960. Ahí había un nuevo y fuerte actor social: los jóvenes, sujetos sociales protagonistas de revoluciones, alianzas con sectores trabajadores. En el caso de La noche de los lápices, la historia pasó por la resistencia y por la defensa de derechos”, señala Cristina Nacif, docente de Historia e investigadora de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes de la UNSJ y consejera superior de esta casa de estudios.

"En San Juan cualquier excusa es buena para que los jóvenes pasen la noche en una celda" (Cristina Nacif)

“En San Juan cualquier excusa es buena para que los jóvenes pasen la noche en una celda” (Cristina Nacif)

Nadie vio lo que venía

“Luego vino la Primavera camporista, en la que la edad de los jóvenes era cada vez más corta y estaban comprometidos políticamente –continúa Nacif-. Había una gran producción intelectual, un clima de creatividad y nadie dimensionó que venía un terrorismo de Estado. Había habido presos políticos, detenciones, torturas, pero no había existido aún un terrorismo así. No podíamos imaginar cómo iba a terminar esto, y claramente se trató de un hecho disciplinador terrorista por parte del Estado. El joven, organizado en la Unión de Estudiantes Secundarios, debía tener la represalia para que nunca más vuelva a participar. Ahí el joven fue estigmatizado por su alianza con los trabajadores y por su compromiso político. Se trató de una represalia: hubo al menos 250 menores de edad torturados y desaparecidos en la última dictadura”.

 

La secuela

La investigadora afirma que aquel intento de cambiar la mentalidad en los años 60 y 70 llega hasta hoy. “’El joven vago’, ‘el joven murguero’, ‘el joven constructor de cultura’, también sufre hoy la violencia policial y el abuso de autoridad”, dice. La historiadora se apoya también en las decenas de denuncias que realiza la Coordinadora de Derechos Humanos de San Juan, respecto de abusos policiales. “En San Juan está pasando esto. La secuela que no se ha podido eliminar es la estigmatización del joven. El joven se ve como un sujeto que no debe tener compromisos con la cultura, con la política, con la vida social, porque tiene que estudiar. Como si estudiar se hiciera en un lugar intramuros y como si la participación en la vida pública no nos diera también formación y aprendizaje”, observa Nacif. En ese sentido, la docente alega que el mejor reconocimiento a La noche de los lápices sería cambiar el Código de Faltas de la Provincia. “Hay que pedir a las autoridades de San Juan que se cambie el Código de Faltas y lo pongan a tono con los derechos constitucionales. No tenemos por qué circular con DNI porque estamos en un Estado de derecho, y hoy cualquier excusa es válida para que los jóvenes pasen la noche en una celda”, denuncia la investigadora. //

 

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