Evaluación: ¿método de control o herramienta para mejorar?

La etapa de evaluación está incorporada a diversos rubros y realidades como la enseñanza, las organizaciones en general o las políticas públicas, entre otras. Revista La U reflexiona sobre este importante tema junto a la investigadora Cecilia Vanesa Luna, del Instituto de Investigaciones Socioeconómicas de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNSJ, autora de “La evaluación de políticas públicas centrada en el uso de resultados y de aprendizajes”.

Por Elio Noé Salcedo

Para la Lic. Cecilia Luna, la mayoría de las conceptualizaciones acotan el alcance de una evaluación a la función de generar respuestas creíbles sobre el cumplimiento de objetivos y metas y sobre el desempeño de un programa, por lo que, en ese caso, la evaluación implica un tipo particular de análisis respecto del aporte que ese programa o proyecto brinda a la sociedad. Sin embargo, advierte, “la evaluación trasciende dichos propósitos, si se entiende que enseñar a reflexionar evaluativamente puede generar un impacto duradero y permanente, conformando la evaluación un espacio de aprendizaje y desarrollo de capacidades”. Se hace necesario entonces reflexionar sobre ella, ya que se trata de una herramienta clave para mejorar los alcances, resultados y procesos de una intervención y de esta forma contribuir al desarrollo de una provincia, una institución o un programa, como así también al bienestar ciudadano en general.

 

El sentido de evaluar

Cecilia Luna señala dos aspectos antagónicos de lo que se entiende por evaluación: rendición de cuentas, que exige procesos de control, donde las personas responden y son responsables por los hechos, lo que puede generar temor frente a este mecanismo; y aprendizaje, que demanda un ambiente seguro en el cual las personas sienten que pueden informar de deficiencias y disentir sin temor a ser castigadas.
Para Luna (que cita a Segone, 1998), si bien esos dos enfoques han adquirido mayor o menor relevancia en diferentes períodos, rara vez se los ve combinados sin que se produzca una tensión o solución de compromiso entre los mismos. Por su parte, en el ámbito de las políticas, programas y proyectos, reflexiona, el campo de la evaluación (y la concepción o imaginario de la evaluación misma) continúa asociado a una representación que la restringe y asimila a las nociones de control y sanción, relegando a un plano marginal las posibilidades de aprendizaje y crecimiento que brinda la práctica evaluativa al discernir tanto aciertos como errores, así como potencialidades y limitaciones, aportando creativamente a su mejora. Por ello entiende que se requiere un renovado esfuerzo a fin de consolidar una concepción de la evaluación capaz de superar su asociación con aquellas representaciones limitantes, y que, por el contrario, acentúen su significación como espacio de aprendizaje y desarrollo de capacidades, potenciando también su demanda y uso por parte de los responsables políticos a cargo de la gestión de las políticas públicas en la región.
A pesar de las dificultades, la Lic. Luna insiste en la conveniencia de tomar en cuenta adecuadamente los procesos asociados a una intervención, ya que los mismos pueden aportar una clarificación de la atribución de resultados. Ello es pertinente al reconocer que el contexto de implementación de las políticas y programas es uno complejo, en el que operan múltiples factores, por lo que se ha de evitar un enfoque ingenuo de la atribución que no reconozca otros factores ajenos al rubro que se evalúa.
Queda claro que la evaluación se constituye en una herramienta fundamental de gestión de políticas, programas o proyectos actuales y futuros, apuntando “tanto a que el aprendizaje sobre la práctica o experiencia implementada permita extraer lecciones a fin de mejorar el diseño y la implementación de las intervenciones sociales, así como constituirse en un canal para rendir cuentas a quienes han aportado los recursos utilizados y a los actores beneficiarios de una intervención”.

 

Reflexiones finales

Destaca finalmente la investigadora que el tema básico de la evaluación son las consecuencias de las políticas y el análisis de los cursos de acción en orden al alcance de los objetivos deseados. Desde esta perspectiva, el fin principal de la evaluación social es el aprendizaje respecto de las formas para el logro de políticas y programas más efectivos y eficaces, más eficientes, más costoefectivos y sustentables en el tiempo.

Resumiendo, la evaluación permite discernir las limitaciones en el desarrollo de políticas, programas y/o proyectos (o gestiones) a fin de contribuir a su mejora. No solo favorece el proceso de ejecución y construcción de políticas, sino que además genera lecciones y aprendizajes significativos. Asimismo, el fortalecimiento de una cultura de la evaluación conlleva trascender nociones que la limitan a prácticas de control y sanción, antes que oportunidad de aprendizaje y crecimiento. Además, la práctica evaluativa resulta un espacio de aprendizaje y desarrollo de capacidades, de modo que contribuya a transformar la realidad que nos rodea.

En el contexto actual -concluye Luna-, los objetivos de la evaluación deben apuntar a la solución de problemas y toma de decisiones, entendiendo que la evaluación es una excelente herramienta de gestión y responsabilidad positiva, capaz de generar conocimiento para entender por qué un programa o proyecto no está logrando sus objetivos predefinidos y qué puede hacer para corregir y fortalecer las áreas débiles. Así también se debe trabajar en la construcción de conocimientos y de capacidades como una de las principales metas de la evaluación, y a la vez asumir el desafío de tener una nueva concepción de la evaluación como una función de aprendizaje institucional y planificación estratégica.

*Cecilia Vanesa Luna. La evaluación de políticas públicas centrada en el uso de resultados y de aprendizajes. RevIISE. Vol. 8, Núm. 8, Año 2016 pp. 7-14. ISSN: 2250-5555 Revista del IISE – FACSO – UNSJ